17 de noviembre de 2014

Santa ISABEL DE HUNGRÍA. (1207-1231).



Martirologio Romano: Memoria de santa Isabel de Hungría, que, siendo casi una niña, se casó con Luis, langradve de Turingia, a quien dio tres hijos, y al quedar viuda, después de sufrir muchas calamidades y siempre inclinada a la meditación de las cosas celestiales, se retiró a Marburgo, en un hospital que ella misma había fundado, donde, abrazándose a la pobreza, se dedicó al cuidado de los enfermos y de los pobres hasta el último suspiro de su vida, que fue a los veinticinco años de edad.


Nació en el castillo de Saros Patak en Presburgo (Hungría). Era hija del rey de Hungría, Andrés II y sobrina de santa Eduvigis de Polonia. Fue prometida en matrimonio a los cuatro años, con el landgrave de Turingia, el beato Luis IV (y fue criada con él en el castillo de Wartburg), del cual, tras la celebración de las nupcias a los 14 años (1221), tuvo tres hijos. Fue un matrimonio por amor ("Si yo amo tanto a una criatura mortal, cuanto más deberé amar al Señor, inmortal y patrón de todos"). Y supo unir la austeridad con la distinción, la piedad con el servicio. Y se alegró de imitar a Jesucristo en las penalidades del invierno y del portal de Belén. Su sierva Isentrudis dijo: "También cuando su marido vivía, ella era como una religiosa; humilde y caritativa, toda dedicada a la oración. Cumplía todas las obras de caridad hacia los pobres con una gran alegría sin cambiar el aspecto de su rostro". De sus hijas, Sofía será la esposa del duque de Brabante, y Gertrudis, abadesa del monasterio de Aldemburgo, será recordada como la beata Gertrudis de Turingia. En 1225, al sufrir Alemania una severa escasez, gastó todo su patrimonio para atender a los más necesitados.
Isabel tenía apenas 20 años cuando se quedó viuda (1227); perdió al marido durante la VI cruzada comandada Federico II, a causa de una epidemia en Otranto. Dejando el castillo de la corte ducal, se dedicó a una vida de extraordinaria caridad, fundando un hospital en honor de san Francisco de Asís después de haber rechazado las segundas nupcias, aconsejadas por su tío, obispo de Bamberg. La leyenda dice que fue expoliada de todas sus posesiones por el hermano de su marido. Lo cierto es que renunció al derecho de sustento por temor a recibir su alimento de la odiosa exacción de los pobres, tal como se practicaba en la corte de los príncipes de su tiempo. 
El beato Conrado de Magdeburgo fue su confesor, a quien modernamente se considera de "una deplorable insensibilidad", ensombreció con métodos que podríamos llamar brutales el crepúsculo de su vida, en el que Isabel dio ejemplos de paciencia, ya que le hacía flagelarse por cada pequeña enmienda. Así mismo, le aconsejó por obediencia que vistiera el hábito gris de las Terciarias franciscanas, y que no entrara en un monasterio (que era la aspiración de nuestra santa). Aunque se dice que fue la primera Terciara franciscana de Centroeuropa, y que el mismo santo de Asís le regaló una capa de su uso particular, que la reina guardó como una reliquia; pero no hay documentación que diga que perteneciera a la tercera orden franciscana, aunque si favoreció a los primeros franciscanos que llegaron a Turingia y vivió sus ideales evangélicos.
En 1228, con la mano sobre el altar de la capilla de la ciudad de Eisenach, en presencia de algunos religiosos "renunció a sus parientes, a sus hijos, a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a las cosas que el señor aconsejaba abandonar". (El beato Conrado le impidió renunciar a sus bienes, para pagar las deudas de su marido y para que pudiera socorrer a los pobres). El agudo sentido que tenía de los derechos del pueblo y de las injusticias señoriales, le hacía observar ayunos hasta pasar hambre. En la carestía de 1225, estuvo al lado de los pobres, distribuyendo incluso las reservas de trigo de su ducado (en ausencia de su marido) y vendiendo sus propios ornamentos principescos. La gente la llamaba "mamaíta", entre otras cosas porque soportaba todos los disgustos y tribulaciones con alegría. Una vez le preguntaron cómo dar limosnas, si no tenía dinero, y contestó: "Siempre tenemos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos".
Vivió los últimos cuatro años en el hospital mantenido por ella, con los bienes que se le habían adjudicado de nuevo, prestando su humilde servicio a los enfermos con el despego más absoluto, después de haber confiado a Dios sus hijos, porque no podía educarlos según el rango noble, afrontando maledicencias y desprecios. Murió a los 24 años, y fue venerada inmediatamente por el pueblo. Fue canonizada el 27 de mayo de 1235 por el papa Gregorio IX. Patrona de Turingia. MEMORIA FACULTATIVA.