1 de noviembre de 2014

Beatos PEDRO PABLO NAVARRO, DIONISIO FUJISHIMA, PEDRO ONIZUKA SANDAYU y CLEMENTE KIUYEMON. M.1622.


Martirologio Romano: En Shimabara en Japón, beatos Pedro Pablo Navarro, sacerdote, Dionisio Fujishima y Pedro Onizuka Sandayu, religiosos, de la Compañía de Jesús, y Clemente Kiuyemón, mártires, quemados en la pira por odio a la fe cristiana

B. Pedro Pablo Navarro
En 1867, el mismo año en que se reanudó la persecución en Urakami, aunque no llegó al derramamiento de sangre, el papa Pío IX beatificó a 205 mártires del Japón. Por diversas causas (entre las que desgraciadamente nos vemos obligados a reconocer la de los celos nacionales y aun las rivalidades religiosas entre los misioneros de varias órdenes) el «shogun» Ieyasu Tokugawa decretó que el cristianismo tenía que ser abolido. La persecución se inició en 1614, y los beatos sufrieron el martirio entre los años 1617 y 1632. La persecución aumentó gradualmente en intensidad hasta 1622, cuando tuvo lugar la «gran matanza».
El beato Pablo Navarro fue quemado en vida en Shimabara, el l de noviembre del mismo año. Había nacido en 1560, en Laino Borgo (Basilicata, Italia); en el 1587, ingresó en los jesuitas y mientras todavía era estudiante fue enviado a la India, donde recibió el sacerdocio; de allí fue enviado al Japón. Llegó a dominar el idioma a la perfección, ejerció su ministerio con celo extraordinario en Nagasaki y otras partes y, durante veinte años, fue rector de la casa de los jesuitas en Amanguchi. 
Con él fueron también quemados los jesuitas japoneses Dionisio Fujishima y Pedro Onizuka Sandayu (nacidos en 1584 y 1604 respectivamente), y el catequista Clemente Kiuyemon (nacido en 1574). Habían llegado al lugar del suplicio cantando las letanías de la Virgen. Muchos espectadores, entre ellos los cristianos, admiraban la fortaleza y serenidad de los testigos de Cristo. El rey Bungodono, contrario a la sentencia imperial de muerte, pero que no podía impedir, ordenó que fueran muchos los haces de leña para que los mártires, muriendo pronto, padeciesen menos, y que estuviesen muy cercanos a los postes en donde eran atados.