5 de agosto de 2015

Beato SALVIO HUIX MIRALPEIX. (1877-1936).


Martirologio Romano: En Lérida, España, beato Salvio Huix Miralpeix, Obispo de Lérida, asesinado por odio a la fe

Nació en la casa solariega de “Huix”, en Santa Margarita de Vellors (Gerona, España). Ingresó en el seminario de Vic, y el 19 de septiembre de 1903 fue ordenado sacerdote. Ejerció como vicario de las parroquias de Coll y de San Vicente de Castellet. 
Pero su afán apostólico no se satisface con la tranquila vida de una parroquia, y –después de un tiempo de discernimiento- descubre su vocación oratoriana. Con treinta años, en 1907, llama a las puertas del Oratorio de San Felipe Neri de Vich, donde llegará a vivir veinte años entregado a las obras apostólicas de la Congregación, y especialmente a la confesión. Otra de las facetas de su ministerio sacerdotal era la visita a los enfermos, entre los que practicaba la caridad de forma abnegada y sin relumbrón. Y ese mismo amor a los pobres fue indudablemente el que le facilitó las maravillosas conversiones que consiguió, algunas verdaderamente impresionantes. Profesor de Ascética y Mística en el Seminario, pronto la mayoría de sus discípulos lo escogieron como confesor o director espiritual.
Su constante amabilidad y caridad para con todos, no significa ni mucho menos que no tuviera su propio carácter, incluso quizá violento. Pero como otros santos, a fuerza de vencimientos propios había adquirido el dominio de sus impulsos temperamentales.
A los diez años de estar en el Oratorio fue nombrado director de las Congregaciones Marianas de Vic. Organizó magistralmente las secciones de Beneficencia y de Propaganda, llevó a término la magna Asamblea de Congregaciones Marianas de Cataluña, en 1921, y organizó los actos de la coronación canónica de la Virgen de la Gleva, Patrona de la «Plana de Vic», en 1923. 
Obispo de Ibiza en 1927, tras 70 años de estar esta diócesis sin obispo, entonces dio la medida de lo que sentía su corazón de apóstol, preocupándose del seminario, de los sacerdotes -en especial de los ancianos y enfermos-, de la Acción Católica, de las escuelas religiosas y la educación de la niñez y la juventud, formación de padres de familia, Ejercicios Espirituales; y de propagar más si cabe sus grandes devociones: al Sagrado Corazón de Jesús, al Santísimo Sacramento, a la Madre de Dios en su advocación ibicenca de Nuestra Señora de las Nieves... dio un fuerte impulso a la restauración católica en la isla. 
En 1935 fue trasladado a la diócesis de Lérida. se encontró con una diócesis distinta, mucho más grande y con otros numerosos problemas. Pero a todos hizo frente con ánimo esforzado: sus ansias apostólicas en favor de la juventud; de los niños en edad escolar; sus desvelos hacia los sacerdotes ancianos; hacia los pobres transeúntes sin hogar, para los que tenía en construcción un comedor para socorrerlos. Se esforzó en hermanar la Acción Católica y la «Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña». Comenzó sus desplazamientos hacia los más apartados pueblos pirenaicos en visita pastoral. Impulsó los certámenes catequísticos y favoreció la labor de la célebre Academia Mariana de Lérida.
Al estallar la Guerra Civil en julio de 1936, mientras las turbas asaltaban su casa episcopal, se refugia en casa de unos amigos en la misma ciudad, pero comprendiendo el peligro que para sus protectores representaba su presencia allí, se marchó. Cuando caminaba por la calle se presentó a un control de gente armada –entre la que vio a algunos guardias civiles- con estas palabras: “Soy el obispo de la diócesis y me entrego a la caballerosidad de ustedes”; pasada la primera gran sorpresa de aquellos hombres, los obreros propusieron su ejecución inmediata pero los guardias les convencieron que sobre aquel “pez gordo” se tenía que consultar con la Generalidad. Le trasladaron a la cárcel y le alojaron en una sala de la planta baja, donde había medio centenar de cristianos que acogieron al obispo con grandes muestras de simpatía. Su estancia en la prisión fue un rayo de luz y optimismo sobrenatural para los que allí permanecían temiendo lo peor. Un sacerdote consiguió burlar los cacheos y pudo entrar un copón de Sagradas Formas que llevaba; así, los presos pudieron comulgar y en la madrugada del 5 de agosto, los detenidos se confesaron con el obispo y recibieron la Comunión.
Los dos Comités antifascistas de la ciudad se disputaban tan valiosa presa, y esperaban jugar buenas bazas con su posesión. Así, cuando de las autoridades de Barcelona vino telefónicamente una orden de traslado de algunos presos significativos para ser juzgados en la ciudad condal, hallaron la manera de burlar la buena intención de algunos componentes del Gobierno de la Generalitat, escudándose en la falta de una orden escrita. Se organizó la marcha de veinte presos seglares y el obispo. Salieron de Lérida en plena noche y cuando pasaban por delante del cementerio a las tres y media de la madrugada, fueron detenidos por unos milicianos que les dieron el alto y les exigieron la orden por escrito. Este ardid era empleado para conseguir lo que tanto deseaban: poder derramar la sangre de nuevas víctimas.
Monseñor Huix no perdió la serenidad ni en aquellos trágicos momentos: campechanamente comentó con los suyos, con una frase popular catalana que designa el próximo fin de un viaje: “Ja som a Sants!”. Allí mismo fueron fusilados los veintiuno. Por petición propia, el beato fue el último ejecutado, tras haber dado la absolución a sus compañeros que la precedían en el martirio. Era la hora antes del alba del día 5 de agosto de 1936, festividad de Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de Ibiza, un pequeño detalle de la Reina del Cielo para aquel siervo suyo, fiel y valiente, cabeza de los 270 sacerdotes diocesanos de Lérida inmolados por Cristo. Beatificado el 13 de octubre de 2013 en Tarragona, durante el pontificado de SS Francisco.