15 de diciembre de 2014

Beata MARÍA JULA IVANISEVIC y 4 compañeras. M. 1941.



Martirologio Romano: En Gorazde, en aquel tiempo Yugoslavia, beatas María Jula Ivanisevic y cuatro compañeras, vírgenes de la Congregación de la Divina Caridad y mártires, muertas por la fe, en la fidelidad a sus votos religiosos



Sus nombres eran: Bernadeta Banja, Krizina Bojanc, Antonija Fabjan y Berchmana Leidenix.

María Jula nació en Godinjak, Croacia, en 1893. Desde su juventud manifestó la voluntad de entrar en el convento, si bien debió esperar a causa de la enfermedad de su madre. 
Ingresó en el Instituto de las Hijas de la Divina Caridad, dedicadas a responder a las necesidades sociales de la juventud femenina de su tiempo. Ejemplar en la obediencia, realizó diversos servicios. En 1883 fue enviada a Bosnia, donde permaneció el resto de su vida. Fue una religiosa “según el Corazón de Jesús”, modelo en la oración y en el sacrificio, modesta y humilde, con amor ilimitado al Señor, a la Congregación y al prójimo. Fundamentalmente se sentía grata a la Providencia por haber sido educada en la fe católica y por el don de la vocación religiosa. 
Fue enviada a Pale como superiora de la comunidad, donde ejercían su apostolado empeñándose en ámbito ecuménico, pastoral y caritativo. En efecto, en su convento, llamado el “hospicio de los pobres”, acogían a los enfermos, convalecientes, pobres y prófugos. Su actividad generosa y gratuita era de dominio público entre los habitantes de aquella región, compuesta especialmente por ortodoxos. 

Bernadeta tenía 29 años y era la cocinera de la comunidad, y era tan pequeña de estatura que debía subirse a un taburete para llegar a la perola. Venía de una familia devotísima y numerosa, ha había acogido su vocación como una bendición de Dios; era alegre, recogida y devota. Había elegido ser “fiel en lo poco” y estaba haciendo un gran trabajo consigo misma para mejorar su carácter y ser siempre más servicial y humilde. “Taciturna y diligente como una abeja”.
                                
Krizina ingresó en el convento con 36 años cumplidos, cuando las condiciones familiares se lo permitieron. Ahora tenía 56 años y sus hermanas sabían que tenía el ojo avizor, sabía escoger bien las cosas, prestar ayuda y consolar porque era una hermana simple “llena de Dios, como si hubiese siempre pensado siempre en Dios”. 

Antonija tenía 34 años y sufría de fuertes dolores de espalda, para alguno era “un poco seria” pero para todos era la religiosa a la que “nunca debíamos pedir un favor, porque ella estaba siempre pronta a nuestras necesidades y siempre pronta a ayudarnos”. 

Berchmana Tenía 76 años, estaba enferma de asma, veía poco y caminaba con fatiga. Fue a la escuela en su juventud, enseñó el catecismo, curado a los enfermos y había sido maestra de novicias, “luchando por ellas como una leona”. Es la más ecuménica del grupo: había ensañado a los musulmanes (y por esto la llamaban “hermana turca”) y no hacía ninguna distinción entre los niños ortodoxos y los niños católicos y por esto había sido bautizada “Madre serbia”.

En otoño de 1941, ante el acoso de la guerra, se les aconsejó a estas religiosas que dejaran Pale para refugiarse en Sarajevo, pero la comunidad quiso permanecer al servicio de los habitantes, independientemente de su fe o nacionalidad; hasta que la noche del 11 de diciembre de ese año, algunos milicianos serbios, entraron con la fuerza en el convento, obligando a la cinco monjas y a un sacerdote esloveno a salir en medio de la nieve sin vestimenta adecuada. Y junto a otros rehenes de Pale fueron obligados a realizar una larga marcha a través de las montañas. Mientras la religiosa más anciana, Sor Berchmana, agotada por el viaje fue dejada en la aldea de Sjetlina, sus hermanas debieron proseguir hasta Goradze, donde fueron hechas prisioneras y obligadas a renunciar a su fe a cambio de la vida. 
Ante su rechazo, los milicianos borrachos y animados por la violencia brutal, trataron de abusar de las cuatro religiosas, que trataron de salvarse tirándose por la ventana, pero fueron muertas a tiros y sus cuerpos arrojados al río Drina. 
En cambio el 23 de diciembre, algunos soldados fueron a Sjetlina para llevarse a Sor Berchmana, con la promesa de reunirla a sus otras hermanas religiosas. Y ese mismo día la mataron y cuya tumba no ha sido nunca encontrada..