2 de noviembre de 2014

San MARCIANO DE SIRIA. M. 387.


Martirologio Romano: Conmemoración de san Marciano, eremita, que, nacido en Cirro, se retiró al desierto de Calcedonia y allí, viviendo en una estrechísima caseta, sólo por la tarde se alimentaba de una módica cantidad de pan y agua, pero poniendo por delante del ayuno el amor fraterno.

Nació en Cyrrho. Su padre pertenecía a una familia patricia. Dejó una brillante carrera militar para hacerse anacoreta en el desierto de Calcidia en Siria. Ahí escogió el rincón más escondido y se encerró en una estrecha celda, tan baja y tan reducida de tamaño, que no podía estar de pie ni acostado sin encogerse.
Teodoreto, obispo de Cyrrho, escribió sobre él en su “Historia de los monjes”. En su libro elogia el espíritu de penitencia de Marciano, exalta sus dotes sobrenaturales y sus místicas elevaciones: describe su vida ascética y recuerda la admiración que despertaba.
 Tal soledad era como un paraíso para él, pues podía consagrarse enteramente al canto de los salmos, la lectura espiritual, la oración y el trabajo. Sólo se alimentaba de pan y aun eso en pequeña cantidad sin embargo, jamás pasaba el día entero sin comer, pues quería tener fuerzas para hacer lo que Dios le pedía que hiciera.
La luz sobrenatural que recibía en la contemplación, le dio un amplio conocimiento de las grandes verdades y misterios de la fe. No obstante su gran deseo de vivir ignorado de los hombres, su fama llegó a otros países y, al fin, tuvo que admitir por discípulos a san Eusebio y a Agapito. Con el tiempo, fue aumentando el número de sus discípulo y nombró abad a Eusebio. 
Una vez fueron cinco obispos a visitarle, entre ellos, san Flaviano de Antioquía, y le preguntaron, pero él no respondió; ellos que habían llegado allí por curiosidad, le hicieron entender que el silencio era falta de humildad, entonces Marciano les dijo: "El Señor del universo, nos habla continuamente por medio de la creación, nos instruye por medio de las Sagradas Escrituras; nos enseña lo que debemos hacer... ¿Qué puede hacer Marciano a todo esto, si no escucha a Dios y sus consejos?".
 Otro día le fue a visitar un ermitaño que vivía en el mismo desierto. Marciano le ofreció de comer, y el otro se escandalizó. Entonces nuestro santo le dijo: "No se debe querer ayunar más que la comida. Debemos querer sobre todo la caridad. La caridad a él le gusta y nos la manda. El ayuno en cambio es nuestra elección. No hay duda, debemos tomar con más honor el mandato de Dios que nuestra austeridad".
 Marciano obró varios milagros y su fama de taumaturgo le molestaba mucho, de suerte que jamás prestaba oídos a quienes acudían a su intercesión para obtener un milagro. Así, en cierta ocasión en que un habitante le pidió que bendijese un poco de aceite para curar a su hija enferma, el santo se negó absolutamente, sin embargo, la enferma recobró la salud en ese mismo instante.
Marciano vivió hasta edad muy avanzada. En sus últimos años, sufrió mucho a causa de la importunidad de los que querían conservar su cuerpo cuando muriese. Algunos de éstos, entre los que se contaba su sobrino Alipio, llegaron incluso a construir capillas en diferentes sitios para darle sepultura. Marciano resolvió el problema al pedir a Eusebio que le enterrase en un sitio secreto. El sitio de su sepultura no fue descubierto sino hasta cincuenta años después de su muerte. Entonces se trasladaron sus reliquias a un sitio que se convirtió en lugar de peregrinación.