9 de noviembre de 2014

Beata ISABEL DE LA TRINIDAD CATEZ. (1880-1906).


Martirologio Romano: En Dijon, en Francia, beata Isabel de la Santísima Trinidad Catez, virgen, de la Orden de las Carmelitas Descalzas, que desde niña anheló buscar en lo profundo de su corazón el conocimiento y la contemplación de la Trinidad, y afligida por muchos sufrimientos, todavía joven, continuó caminando, como siempre había soñado, «hacia el amor, hacia la luz y hacia la vida».

Su padre era un oficial francés. Por tanto, Isabel Josefina Catez nació en un campamento militar de Camp d’Avor (Farges-en-Septain, Bourges). Al poco tiempo trasladaron al padre a Dijón, y allí se desarrolló la vida de nuestra beata. El mismo día, visitando a las carmelitas de la ciudad, se le reveló el significado de su nombre: Isabel, “casa de Dios”. Durante toda su vida, la palabra con la que trató de comprender su experiencia será esta: “Estoy habitada por Dios”. Fue una pianista de calidad, premio del conservatorio de música. Tenía una sensibilidad exquisita. Su carácter era “terrible” según ella misma confesó, y fue su campo de batalla durante toda su vida para conseguir dominarlo.
 Se consagró al Señor a los 14 años como víctima por la salvación de Francia, pero su madre hizo de todo para convencerla de no hacerse carmelita; ella esperó pacientemente dedicándose a la oración y a la caridad. Era un caso de enamoramiento precoz de Cristo; realmente se enamoró de Él. Y ésta fue su vida. "Iba a cumplir catorce años cuando un día, mientras la acción de gracias, sentime irresistiblemente impelida a escogerle por único Esposo, y sin dilación me uní a El por el voto de virginidad". Mientras tanto gozó de la vida, sobre todo de la naturaleza, donde toda ella le hablaba de Dios. 
 Ingresó en el Carmelo en 1901, con 21 años, con el nombre de Isabel de la Trinidad, dando testimonio de gozo a pesar de los terribles sufrimientos que tenía, de orden espiritual, ya que sufrió la noche oscura del alma, la aridez, el abandono, en una comunidad que vivía con ciertos tintes de jansenismo y dejaba a un lado la sencillez evangélica, pero ella lo superó todo con el amor de Dios y gracias a la lectura de “Historia de un alma” de santa Teresa de Lisieux. Se encargó del cuidado de las monjas enfermas, el ropero y el arreglo de la sacristía, y todo lo hizo con gran alegría. En estos cinco años de convento escribió tales maravillas que, al poco tiempo, sus escritos hicieron furor entre los jóvenes y los seminaristas. "El Carmelo es un ángulo del paraíso. Se vive en silencio, en soledad, sólo para Dios... La vida de una carmelita es una perpetua comunión con Dios... Si El no llenara nuestras celdas y nuestros claustros ¡qué vacíos estarían! Mas le vemos a El en todas las cosas, porque le llevamos dentro de nosotras mismas, y nuestra vida es un cielo anticipado... ¡Si supieses qué feliz me hallo!... Para la carmelita no hay más que una ocupación: amar y orar... Vivir con El, en esto consiste la vida del Carmelo: Me abraso de celo por el Señor de Dios de los Ejércitos... Vive el Señor Dios de Israel, en cuya presencia me encuentro... La Regla del Carmelo... ya verá algún día qué bella es...".
Su vida interior en el convento se divide en dos períodos: el de la búsqueda de vida de intimidad con las Tres Personas Divinas (1901-1905) y el que encuentra su nuevo nombre o misión: Alabanza de Gloria (1905-1906). Disfrutó de la vida al máximo (incluyendo comer pasteles) y se caracterizó por su gran felicidad. Una vez dijo que era tan feliz con el trabajo de su vida que creía haber encontrado el cielo en la Tierra. Sus escritos son un cuaderno de apuntes y muchas cartas, en los que destaca una gran sencillez. "Me das pena, Francisca mía. Tienes que construirte, como he hecho yo, una celdita dentro de tu alma; piensa que Dios está ahí, y entra de vez en cuando". Es una de las figuras más destacadas de la espiritualidad contemporánea. Sus escritos más importantes son: “Reflexions et pensées sous forme de retraite”; “Écrits spirituaels: lettres, retraites, inédits”. Murió a los 26 años, tuberculosa, con la enfermedad de Addison, entonces incurable.  
El Papa san Juan Pablo II la colocó entre los maestros que más han influido en su vida espiritual. El mismo Sumo Pontífice la beatificó el 25 de noviembre de 1984, solemnidad de Cristo Rey.