27 de agosto de 2015

Santa MÓNICA. (331-387).


Martirologio Romano: Memoria de santa Mónica, que, muy joven todavía, fue dada en matrimonio a Patricio, del que tuvo hijos, entre los cuales se cuenta a Agustín, por cuya conversión derramó abundantes lágrimas y oró mucho a Dios. Al tiempo de partir para África, ardiendo en deseos de la vida celestial, murió en la ciudad de Ostia del Tíber.


Nació en Tagaste (Cartago) en el seno de una piadosa familia cristiana, noble, pero de modesta fortuna. Se recuerda que una criada, acusándola de bebedora, mientras se dirigía de adolescente, a buscar vino a la cantina, la salvó -son palabras suyas- del vicio de la bebida.
Casada con un pagano de difícil carácter, llamado Patricio, del que tuvo tres hijos (san Agustín, Navigio y una hija, Perpetua, muerta cuando era superiora del monasterio de Hipona en el 424). Las relaciones con su marido fueron difíciles y supo refrenarle en sus momentos de cólera; de tal manera soportó sus infidelidades conyugales que jamás tuvo el menor altercado: "porque esperaba, Señor, que vuestra misericordia viniese sobre él, para que, creyendo en Vos, se hiciese casto". El esposo, legionario romano pagano, se convirtió como catecúmeno el año 371 y murió al año siguiente, después de haber sido bautizado en el lecho de la muerte. Mónica tuvo que hacer frente a su suegra y a los chismes de sus amigas, a las que nunca permitió la crítica delante de ella, también tuvo que enfrentarse a la conducta desordenada de su hijo Agustín, que ya a los 16 años (simple catecúmeno) se había abandonado a sus pasiones (de los espectáculos trágicos y de sus amores) y a las ideas de los maniqueos. Un obispo desconocido le dijo para consolarla: "No puede perderse el hijo de tantas lágrimas".
La madre siguió a su hijo desde Madaura a Cartago, y en su sueño (que impresionó a san Agustín ) comprendió que debía vivir con aquel hijo extraviado, en vez de alejarse de él a causa de sus errores. Fue engañada amargamente por Agustín al partir para Italia: "aquella noche yo me partí a escondidas; y ella se quedó orando y llorando". Mónica sólo pudo seguirlo más tarde, cuando el hijo fue conquistado por las predicaciones de san Ambrosio de Milán, donde había conseguido ya una cátedra de Retórica.
Tuvo la dicha de asistir al bautismo de su hijo, en la Pascua del 387. Pero antes del fin de ese mismo año, después de haber vivido algún tiempo en Casiaciaco (con Agustín y los amigos de éste), murió en Ostia sin poderse embarcar para África a causa de unas fiebres. Agustín nos narra el hecho: "solos ella y yo, frente a una ventana que daba al jardín de la casa donde vivíamos" y el diálogo continúa "hablamos con infinita dulzura, olvidando las cosas pasadas y proyectándonos hacia las futuras, y buscábamos juntos, en presencia de la verdad, cuál sería la eterna vida de los santos, vida que ni ojo ve ni oído oye, y que nunca penetró en el corazón humano"; al final del diálogo Mónica le dijo a su hijo: "hijo mío, por lo que a mi respecta, ya no hay nada que me atraiga de esta vida. No sé siquiera qué hago aquí abajo, y por qué estoy todavía. Una sola cosa me hacía desear vivir todavía un poco: verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido y aún más al verte despreciar los goces terrenos y servirle a Él sólo". Está enterrada en la iglesia de San Agustín en Roma. Es patrona de las mujeres casadas y modelo de las madres cristianas. MEMORIA OBLIGATORIA.