14 de julio de 2015

San CAMILO DE LELIS. (1550-1614).



Martirologio Romano: San Camilo de Lelis, presbítero, que nació cerca de Teano, en el Abruzo, y en su juventud siguió la carrera militar, dejándose arrastrar por los vicios propios de una juventud alegre y despreocupada, pero convertido de su mala vida, se entregó al cuidado de los enfermos incurables hospitalizados, a los que servía como al mismo Cristo. Ordenado sacerdote, puso en Roma los fundamentos de la Congregación de los Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos.


Nació Bucchianico de Chieti, reino de Nápoles, de noble familia de militares. Murió su madre cuando era muy joven y se fue a vivir con su padre al cuartel de Pescara, del que el padre era el jefe militar, y de ahí le vino la vocación militar que le hizo luchar bajo la bandera del rey de España en Dalmacia y Túnez. Siguió a su padre en viaje hacia Venecia, donde pensó poner su espada al servicio de la Serenísima. Pero al llegar a Loreto, el padre murió, y Camilo se encontró solo, con la espada heredada y una juventud de soldado aventurero, en la que llegó a jugarse hasta la camisa. Se enroló en bandas de mala fama, hasta el punto de tener que venderse como esclavo. 
A los 20 años, una úlcera en una pierna le hizo ingresar en el hospital de San Giacomo de Roma; como era pobre, pagaba sirviendo en el mismo hospital como enfermero; hasta que le echaron de allí por pendenciero y jugador -los naipes eran su perdición-, y otra vez renqueando se fue aquel hombre violento ganándose el pan con la guerra. De nuevo la llaga, "una caricia divina", le hizo interrumpir esta existencia errante, e ir al convento de los capuchinos en Manfredonia, en la Puglia, donde se quedó impresionado por una conversación con un padre capuchino, fray Ángel; se convirtió y  por dos veces quiso hacerse capuchino (llegó a ser admitido en la Orden y tomo el nombre de fray Cristóbal), pero nadie se fiaba de él, y hacían bien, siempre cedía a las tentaciones, la riña y la baraja; hasta que un día, solo y desnudo ante sí mismo, decidió cambiar para dedicarse a Dios y al prójimo. 
De nuevo en el hospital de San Giacomo, y ante el horripilante mal servicio prestado por los sirvientes a los enfermos, vio con claridad que Cristo le quería como fundador de una Orden dedicada al cuidado de los enfermos. Fundó la Orden de los Clérigos Regulares de los Ministros de los Enfermos, una compañía de "hombres piadosos y de bien que sirvieran a los enfermos no por lucro, sino por puro amor de Dios". Además de los tres votos de pobreza, cástidad y obediencia, añadieron un cuarto voto de asistencia a los enfermos, incluso cuando existiere peligro de vida. Concibió al enfermo como la imagen de Cristo sufriente y así les decía: "No me pidáis por favor; mándame, porque vosotros sois mis patrones". Todos los enfermeros se aprovecharon de su caridad, y los grandes personajes de Roma, quisieron verle y hablar con él, pero les respondía: "Decidles que tengan paciencia, estoy ocupado con Nuestro Señor Jesucristo". San Felipe Neri, que fue su confesor, y le había indicado su vocación hacia los enfermos, se opuso, durante muchos años, a la fundación de la nueva congregación, hasta que un día reconoció que Camilo había sido inspirado por la Providencia.  
Camilo se trasladó al gran hospital romano de Santo Spirito, y allí desarrolló aquella nueva experiencia que dio vida a su Orden (aprobada por Sixto V en 1586), llamada luego en 1591 también de los "padres de la buena muerte", a la que se impuso un voto especial de misericordia que obligaba tanto a los sacerdotes en la cura espiritual de los enfermos, como a los laicos en la asistencia corporal. Después de dos años decidió ordenarse sacerdote, pero como no tenía estudios, los comenzó en el Colegio Romano, como oyente y con un gran esfuerzo se ordenó sacerdote, con 34 años, en la basílica lateranense en 1584. La nueva Congregación se estableció en la iglesia de la Magdalena. Consolidó su fundación, y renunció al cargo de Superior General, por disensiones internas de la Congregación y para entregarse por entero a los enfermos contagiosos hasta su muerte. En la terrible inundación del Tíber de 1598 logró salvar a los enfermos de modo heroico con sólo seis ayudantes. No le fue concedida una muerte fácil, a las úlceras de los pies se le sumaron piedras en la vesícula biliar, a las que acompañaron cólicos nefríticos. Transcurrieron treinta y tres meses de sufrimientos soportados con paciencia, hasta su muerte. 
Fue canonizado en 1746. El Papa León XIII le proclamó patrono de los enfermos junto con san Juan de Dios, y Pío XI le nombró patrono de los enfermeros y de sus asociaciones. MEMORIA FACULTATIVA.