20 de julio de 2015

Beatas RITA DOLORES PUJALTE SÁNCHEZ y FRANCISCA ALDEA ARAUJO. M. 1936.


Martirologio Romano: En Madrid en España, beatas Rita Dolores del Corazón de Jesús Pujalte Sánchez y Francisca del Corazón de Jesús Aldea Araujo, vírgenes de la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús y mártires, que, durante la persecución en el curso de la guerra civil, fueron arrestadas en la iglesia del colegio por los enemigos de la Iglesia y poco después fusiladas en la calle

Rita nació en Aspe, Alicante, en el seno de una familia acomodada. Sus años de niñez, adolescencia y juventud estuvieron marcados por una fuerte religiosidad, que la llevaron a comprometerse en la catequesis y obras de caridad.
En 1888 ingresó en el Instituto de Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón. Muchos años de su vida transcurrieron desempeñando cargos de responsabilidad en la congregación: superiora local en los colegios de Santa Susana de Madrid (1891); de Fuensalida, Toledo (1894); maestra de novicias (1896); superiora general desde 1899 hasta 1928. Por último, desempeñó el cargo de vicaria general. Era una persona de gran calidad humana y espiritual. De carácter dulce y firme a la vez. Su caridad destacó con las hermanas enfermas. Infundió confianza e impulsó respuestas generosas. No escatimó esfuerzos ante las necesidades educativas de su época, especialmente en las zonas humildes, mediante una formación integral, humana y cristiana alentando a las hermanas en esta tarea. Fue considerada como una verdadera madre, muy estimada y querida. El amor a Jesús en su pasión y su presencia eucarística, junto con una gran devoción a María, fueron la máxima atracción de su vida. Asumió el deterioro de su salud, diabética y casi ciega, y el sacrificio de su vida, que presentía seguro, convencida de que es Dios quién guía la historia según su designio amoroso y providente. Se había retirado al colegio de Santa Susana para pasar los últimos años de su vida, y allí le sorprendió la persecución religiosa. 
Junto con Francisca Aldea Araujo, fueron detenidas por se religiosas. Al salir del colegio, asaltado y tiroteado por los milicianos, llevaron por equipaje el amor y la confianza total en Jesús y el perdón generoso, por anticipado por sus agresores que las mataron. 

Francisca nació en Somolinos, Guadalajara, en el seno de una familia sencilla. Cuando era una niña se quedó huérfana y fue acogida en el colegio de Santa Susana de Madrid, dirigido por las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús. 
Ingresó en el Instituto como religiosa en 1899. Fue su maestra de novicias Rita Dolores Pujalte, a la que después acompañará al martirio. Dedicó parte de su vida  a la enseñanza y a las actividades apostólicas que acompañan a la vida colegial, en Madrid y en Quintana de Soba, Santander. Había obtenido el título de maestra en la Escuela Normal de Toledo. Años más tarde desempeñó otros cargos de responsabilidad en el Instituto; superiora local, consejera, secretaria y ecónoma generales. Era generosa y alegre, sencilla de corazón y alma delicada. Destacó por su amor al Corazón de Jesús y a María. Pese a manifestar su temor a una posible muerte, ante el rumbo que tomaban los acontecimientos, confió que Dios le diese fuerzas si le pedía el martirio. Con un “hasta el cielo” se despidió de las hermanas al salir del colegio, camino a la muerte.
El colegio funcionaba como Curia General, y acogía, además de a las religiosas, a niñas pobres y huérfanas. Aunque la situación, en 1936, era extremadamente peligrosa, la comunidad optó por permanecer en el colegio para atender a las niñas. La madre beata Rita Dolores había sido invitada reiteradamente a dejar el colegio y buscar un lugar seguro, pero rehusó siempre. La madre Francisca, movida por la caridad, se comprometió a no abandonarla, siendo consciente del riesgo que asumía. 
En 1936, el colegio fue asaltado y tiroteado. Las madres Rita Dolores y Francisca, en cuanto tuvieron noticias que la llegada de los milicianos era inminente, se dirigieron a la capilla para el martirio. Perdonaron a sus verdugos y se dispusieron a la muerte. En la portería, momentos antes de salir, recitaron el credo en presencia de los milicianos, que fingieron ayudarlas, diciéndolas que las iban a llevar a un piso cercano de una familia conocida. Allí rezaron el rosario, pero hacia el mediodía fueron conducidas violentamente al interior de una furgoneta. No opusieron resistencia y fueron fusiladas en la carretera de Barajas, cerca de Canillejas, en Madrid, y sus cadáveres fueron abandonados en la carretera. Fueron beatificadas por san Juan Pablo II el 10 de mayo de 1998.