11 de junio de 2015

Santa ALICIA DE SCHAERBEEK. M. 1250.

(Adelaida, Adelasia, Adelisia, Aleida, Aleyda. hol.: Aleidis van Schaarbeek).
Noble alegría. Real, sincera.

Martirologio RomanoEn el monasterio de La Chambre, cerca de Bruselas, en Brabante, santa Alicia o Aleide, virgen de la Orden Cisterciense, que a los veintidós años, habiendo enfermado de lepra, se vio obligada a vivir marginada, y hacia el final de su vida, perdida incluso la vista, ni un solo miembro de su cuerpo quedó sano, excepto su lengua para cantar las alabanzas de Dios.

Nació en Schaarbeek, que actualmente forma parte de la mancha urbana de Bruselas, Bélgica, en el seno de una familia de arraigadas creencias, que inculcaron en Alicia y e todos sus hijos. Desde niña se mostró precoz en inteligencia y en espíritu. A los siete años fue acogida en la abadía cisterciense de La Chambre (o Camera Sanctae Mariae) en la diócesis de Tréveris, Bélgica, donde encantó a las religiosas por su extraordinaria memoria y su vivísima piedad. A los nueve años, ingresó como religiosa. 
Al cumplir los veinte años de edad, Alicia desarrolló lepra y fue aislada del resto de la comunidad; por esta razón será recluida en una buhardilla fuera del contacto con la comunidad. No obstante, la espiritualidad con la que sobrellevó su enfermedad fue un ejemplo para todas sus compañeras. Este fue el purgatorio de Alicia, sus dolores fueron consolados por ángeles y por su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En su aislamiento, Alicia desarrolló una profunda devoción por la Eucaristía, aunque nunca pudo beber directamente del cáliz, por el temor a que toda la comunidad pudiera contagiarse de su mal.
Le ofreció a Dios su enfermedad por la salvación de las almas y vivió así durante 40 años. Perdió la vista y ofreció su ceguera por Guillermo, conde Holanda y por la cruzada de san Luis IX rey de Francia, y luego poco a poco se fue quedando paralítica. Sin embargo, en la oscuridad se volvió visionaria, y de manera cada vez más frecuente se le veía arrebatada por éxtasis místicos. En 1249, una religiosa, de la cual no se sabrá nunca el nombre, se ofreció voluntaria para acompañarla en su encierro. Su agonía duró un año. Se dice que obtuvo el don de curar a los enfermos, aunque no le fue dada la capacidad de curarse a sí misma. San Pío X confirmó su culto en 1907.