2 de mayo de 2015

San JOSÉ MARÍA RUBIO PERALTA. (1864 - 1929).

El acrecentará. Añadido. Crecimiento.

Martirologio Romano: En la ciudad de Aranjuez, en la región española de Castilla la Nueva, san José María Rubio Peralta, presbítero de la Compañía de Jesús, que se significó por su atención a los penitentes en la confesión sacramental, por la predicación de ejercicios espirituales y por sus visitas a los pobres en los suburbios de Madrid.

Nació en Dalías (Almería), en el seno de una familia de clase media. Estudió en los seminarios de Almería, Granada, Madrid y Toledo (aquí se graduó en Derecho canónico). Fue ordenado sacerdote en 1887. El Padre Rubio fue un torbellino que se centró en la oración, y luego se lanzaba imparable a contagiar a las almas. Su personalidad ascética y apostólica presenta dos aspectos muy distintos: 
La primera etapa está centrada en su vida de sacerdote diocesano en la que ocupó varios cargos y desarrolló una gran actividad como párroco y confesor. Fue coadjutor de Chinchón (Madrid) y párroco de Estremera (Madrid); profesor del seminario y notario de la curia. En todos estos campos, José María fue ejemplo de responsabilidad y buen trato. Tuvo siempre un amor inconmensurable por la Eucaristía y hacia los pobres. Fue capellán de las religiosas Bernardas, y allí empezó su amor al confesionario.
La segunda etapa se desarrolló en la Compañía de Jesús en la cual ingresó en 1906 en Granada, después de haberlos conocido en Granada en su época de estudiante y desde entonces quiso ser jesuita, pero que no pudo seguir esta vocación por deferencia a su protector, el canónigo don Joaquín Torres, hasta la muerte de éste; después de una peregrinación a Tierra Santa y Roma, pasó por Manresa y allí se decidió definitivamente. Desde esta nueva perspectiva el púlpito y el confesionario serán sus armas. Aunque no estaba muy dotado para la elocuencia. Estuvo en Granada un año predicando y profundizando en los estudios teológicos, luego fue trasladado a Sevilla, donde desarrolló una gran labor en la Congregación Mariana de jóvenes, la comunión reparadora de militantes, el apostolado de la oración, las conferencias de San Vicente de Paúl y la escuela vespertina para los obreros. Después marchó a Manresa para su tercer año de noviciado.
A propósito de sus múltiples apostolados, dijo de él el obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay: "No parece sino que quiso Dios que fuese un poco de todo, para que todos, coadjutores y párrocos, profesores y capellanes y curiales, se pudiesen mirar en él como en dechado y modelo del clero secular. Hasta el obispado conserva el recuerdo de su virtud".
Se le llamó "El apóstol de Madrid". Fue el primero que lanzó a los seglares sobre Madrid y sus alrededores; iba en busca de los pobres y marginados armado únicamente de su bondad y de una vida sintetizada en una frase suya: “Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”. Fundó y promovió muchas obras: Damas Apostólicas del Sagrado Corazón, Marías de los Sagrarios, La Guardia de Honor, los Juanes. Promocionó el monumento del Cerro de los Ángeles. Fue director espiritual de la mártir la carmelita beata María del Sagrario de San Luis Gonzaga. Todo ello en un Madrid de años difíciles, y vio como se perseguía a los religiosos y sacerdotes, dejó escrito: “De poco tiempo a esta parte, noto que se aumenta en mi, cada vez más, el deseo de padecer, de amar…, es como una necesidad de mi naturaleza, como el centro de mi vida, como una cosa natural que me acompaña. No me turba, es tranquilo y me da mucha paz”. Sufrió la incomprensión de sus superiores, que en un principio no aprobaron sus fundaciones, e incluso le quitaron la dirección de las Marías de los Sagrarios y de director de un boletín del "Sagrado Corazón". “Debo ser tonto. No me cuesta obedecer”, añadió. Había dicho: “al morir, sólo nos queda la santidad”. Murió sentado en una butaca en Aranjuez a causa de una enfermedad cardíaca. Está enterrado en el templo del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja de Madrid. Fue canonizado por Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003.