31 de mayo de 2015

Beato MARIANO DE ROCCACASALE. (1778 - 1866).

El que da culto a María

Martirologio RomanoEn el pueblo de Bellegra, en los alrededores de Roma, beato Mariano de Roccacasale, religioso de la Orden de los Hermanos Menores, que, cumpliendo el oficio de portero, abrió la puerta del convento a los pobres y a los peregrinos, a quienes con suma caridad atendía en todo.

Domingo De Nicolantonio nació en Roccacasale, en L’Aquila (Italia), en el seno de una familia campesina. Se cuidó de pastorear los rebaños y el contacto con la naturaleza, le hizo valorar el silencio y la reflexión. Tenía entonces veintitrés años. No podía resistir a esta fuerza interior. Y decidió dedicarse con más radicalidad al seguimiento de Cristo.
En 1802 ingresó en los franciscanos y tomó el nombre de fray Mariano de Roccacasale; su nueva vida se resumió en dos palabras: oración y trabajo. Permaneció en ese convento doce años. Fue carpintero, jardinero, cocinero y portero del convento de Ariscia. Pero su aspiración a la santidad no encontraba en Ariscia el ambiente favorable, no por culpa de los compañeros o de los superiores, sino porque aquella época no era propicia para la vida religiosa y los conventos.
En 1814, tras el regreso del Papa a Roma, la vida conventual pudo rehacerse lentamente en medio de dificultades sin número. Hicieron falta varios años para que todos los religiosos regresaran a sus conventos, y la vida de oración y de apostolado volviera a florecer con regularidad en los claustros. En ese momento llegó a los oídos de fray Mariano el nombre del Retiro de San Francisco en Bellegra. La fama de la vida regular y austera que desde hacía tiempo se había instaurado en ese convento por obra de santos religiosos ya corría por los alrededores. Fray Mariano acogió aquella voz como una invitación del Señor. Los superiores aceptaron su petición de dirigirse a Bellegra en peregrinación. Así fray Mariano dejó el convento de Ariscia por el Retiro de Bellegra. Tenía treinta y siete años. Allí fue portero del convento cargo que desempeñó durante 40 años, y este fue el medio de su santificación. Para todos los que acudían al convento tenía una sonrisa y supo acogerlos con alegría y simpatía, además de instruirles en las verdades de fe. Murió sin haberse nunca lamentado por el intenso trabajo. Fue beatificado por Juan Pablo II el 3 de octubre de 1999.