1 de marzo de 2015

San ROSENDO DE DUMIO. (907-977).

(Rudesindo)
Que defiende la gloria. Rosado.

Martirologio Romano: En Celanova, de Galicia, en España, san Rosendo, que primero fue obispo de Dumio, trabajando en promover o instaurar la vida monástica en esta región, y después, tras renunciar a la función episcopal, tomó el hábito monacal en el monasterio de Celanova, que llegó a presidir como abad.

Nació en Salas, Orense, y era hijo del conde don Gutierre Méndez y de Ilduara. Se formó en la escuela episcopal de San Martín de Mondoñedo, donde era obispo su tío Sabarino. Durante su infancia pasó frecuentes temporadas en la Corte del rey Ordoño II. Se piensa que ingresó en el monasterio de Caveiro. Fue un hombre prudente, juicioso, firme, bondadoso y activo. Quizás fuera ya prior, cuando fue elevado, a los 18 años, obispo de Dumio y luego de San Martín de Mondoñedo, al morir su tío. Trabajó mucho en la abolición de la esclavitud, como en corregir los vicios de los sacerdotes, religiosos y laicos. Tuvo un gran amor hacia los pobres y fue un hombre que participó en muchas misiones de pacificación entre las diversas discordias que se producían. Para cobrar nuevos bríos en su labor. Rosendo se retiró a veces al monasterio de Caaveiro, cenobio que se preocupó de reedificar y dotar.
Fundó en el 942, la abadía benedictina de San Salvador de Celanova, no lejos de Orense, donde los hombres  pudieran "permanecer día y noche en las batallas del Señor". Como fanales "limpísimos en los que tu, Señor, te complazcas habitar; habitando los santifiques, como quiénes han dejado el mundo para seguirte a Ti". Renunció a su sede y se retiró al monasterio de Celanova, bajo el mandato del abad Franquila. Allí trabajó y sirvió como el último de los monjes. Su emblema era una cruz de cuyos brazos colgaba un compás y un espejo. La cruz, explicaba Rosendo, es el compás de nuestra vida y el espejo la visión de nuestras almas.
Ocasionalmente, a petición del rey Ordoño III, en el 955, ocupó el cargo de gobernador de la provincia, que antes había regido su padre. Eran los tiempos difíciles de las invasiones de normandos por mar, y de moros por costa, pero se puso al frente y logró repeler todas las agresiones. Pacificada la provincia, volvió otra vez a su cenobio donde fue elegido abad por los monjes. De nuevo le sacaron de allí para ponerle al frente, como administrador de la diócesis de Santiago, pues había sido depuesto y encarcelado por sus desmanes, el obispo Sisnando. Durante este periodo, entre otras actividades, asistió a un concilio en León con san Pedro de Mezonzo. Sisnando logró volver, y Rosendo se retiró feliz a su monasterio. Los últimos años los pasó como abad de Celanova. 
Su testamento es una oración: "Salvador de los hombres, destruyendo cuanto encadena mi alma a la vida presente, dame valor para seguir tus pisadas con ánimo generoso y asiduo vencimiento". Fue canonizado en 1195 o 96 por Celestino III. Patrón de la diócesis de Mondoñedo.