23 de noviembre de 2014

Beata MARÍA CECILIA CENDOYA ARAQUISTAIN. (1910-1936).


Martirologio Romano: En Madrid, capital de España, beata María Cecilia (María Felicidad) Cendoya y Araquistain, virgen, de la Orden de la Visitación de Santa María,y mártir, que, en la gran persecución, al ver que sus hermanas habían sido apresadas, se entregó espontáneamente en la misma noche a los milicianos, y al lado de ellas confirmó el testimonio de su fe con el supremo sacrificio de la vida.

Felicidad nació en Azpeitia, Navarra. Aunque tenía un genio muy vivo, su amor a María, hizo que pudiera superar su temperamento para ser religiosa como deseaba. Su madre decía que tenía algo distinto que las demás, sin embargo cuando le manifestó el deseo de ser religiosa, su madre le dijo. «¿Tú monja, con ese genio…? Tienes que corregir ese genio si quieres ser monja» y su madre decía que cambió desde ese momento. Decidida y alegre, a sus 20 años atraviesa los umbrales del Primer Monasterio de la Visitación de Madrid, el 9 de octubre de 1930. En su toma de hábito recibe el nombre de Mª. Cecilia. Su temperamento vivo, contrasta con su carácter amable, sencilla, humilde, abnegada y muy servicial; «Era el Ángel de las pequeñas prácticas», solían decir las Hermanas.
Desde el principio sufre todas las consecuencias de la persecución religiosa: disturbios, votaciones, quemas de Iglesia y Conventos, dispersión de su Comunidad, etc. Desde estos años tiene muchas oportunidades de ir con su familia, pero por amor a Jesús y a su vocación nunca acepta las propuestas y siempre dice con tesón que no quiere marcharse por nada del mundo. Era sencilla, humilde. Tímida, solía cantar cantos a María mientras trabajaba. Se distinguió por su fidelidad, espíritu de recogimiento y de mortificación, siempre consciente de vivir en presencia de Dios. Fue la Hermana que más sufrió, era la más joven y no llevaba mucho tiempo en el convento, no conocía a nadie y como era vasca, el castellano no lo sabía bien, todo esto ayudó a serle más penosa su soledad última, pero Dios velaba por ella y la colmó de fortaleza. Cuando murieron sus hermanas, huyó, pero confesó su condición de monja salesa, y la fusilaron tres días más tarde en el cementerio de Vallecas. Fue beatificada por san Juan Pablo II el 10 de mayo de 1998.