14 de agosto de 2015

San MARCELO DE APAMEA. M. c. 389.


Martirologio Romano: En Apamea, en Siria, san Marcelo, obispo y mártir, que, por haber destruido un templo de Júpiter, murió a manos de los enfurecidos gentiles.

Nació en Chipre, era un magistrado civil que fue elegido obispo de Apamea de Siria. El Edicto de Teodosio el Grande mandaba que todos sus súbditos profesaran la fe de los obispos de Roma y Alejandría. Ocho años más tarde, envió a un legado a Egipto, Siria y Asia Menor para que exigiese la ejecución del edicto de destrucción de todos los templos paganos. Tal edicto fue aplicado en forma brutal, de suerte que provocó naturalmente el resentimiento y la cólera de los paganos. Cuando el prefecto imperial llegó a Apamaea, en Siria, mandó a sus soldados que destruyesen el templo consagrado a Júpiter. Pero se trataba de un templo muy grande y bien construido, y los soldados, que carecían de experiencia en la demolición sistemática, avanzaban muy lentamente. El obispo de la ciudad, Marcelo, dijo al prefecto que pusiese a sus soldados a trabajar en otro templo y que él se encargaría de la demolición del templo de Júpiter. Al día siguiente, un albañil se presentó al obispo y le ofreció derribar el templo de Júpiter a cambio de doble paga. San Marcelo aceptó. Entonces el albañil procedió a la demolición de la siguiente manera: excavó un agujero debajo de una de las columnas principales, lo llenó de leña y le prendió fuego. El templo se vino abajo.
San Marcelo empleó el mismo método en la demolición de otros templos. Pero en cierta ciudad, cuyo nombre desconocemos, el santo encontró un templo defendido por los paganos, de suerte que «hubo de retirarse a un paraje situado lejos de la escena del conflicto y fuera del alcance de las flechas, ya que sufría de gota y no podía pelear ni huir». En tanto que el santo obispo contemplaba la batalla desde ese puesto de observación, unos paganos le hicieron prisionero y le quemaron vivo. Más tarde, los hijos de san Marcelo intentaron vengar su muerte; pero el consejo de la provincia se lo prohibió, diciéndoles que más bien debían regocijarse de que Dios hubiese juzgado a su padre digno de morir por su causa.
Esta biografía hay que interpretarla dentro del contexto histórico de la época, hoy estas actitudes no hubieran sido posibles en un ministro de la Iglesia.