12 de julio de 2015

Beatos MATÍAS ARAKI y 7 compañeros. M. 1626. 


Martirologio Romano: En Nagasaki, ciudad del Japón, beatos Matías Araki y siete compañeros, que sufrieron el martirio por su fe en Cristo

Fragmento del cuadro de los mártires de Nagasaki que son quemados
en la hoguera
Cuyos nombres son: beatos Pedro Araki-Cobioje y Susana Cobioje Araki, esposos; Juan Tanaka y Catalina Tanaca, esposos: Juan Naisen y Mónica Naisen, esposos, y su hijo el niño Luis Naisen.
Matías Araki, pertenecía a una familia noble ya cristiana; hermano del beato Mancio Araki. Vivía en Coxinotzu, Arima, cuando con su hermano decidieron dar hospedaje al provincial de los jesuitas beato Francisco Pacheco. En 1625, fueron delatados por un traidor y 300 soldados los apresaron y fueron llevados a la cárcel de Ximabara, resistiendo todas las propuestas de apostasía. Fue quemado vivo en Nagasaki. 

Juan Naisen, nació en Ximabara en el seno de una noble familia cristiana. Tenía 11 años cuando comenzó la persecución hizo el propósito de mantenerse firme en la fe. Con 24 años se casó con beata Mónica Naisen con la que tuvo tres hijos. Ambos decidieron abrir sus casas a los misioneros fuera cual fuera el riesgo. Viendo que su situación era muy delicada, distribuyó sus bienes entre los pobres y decidió vivir con lo necesario. En 1622, acogió en su casa al jesuita beato Juan Bautista Zola; fueron sorprendidos y enviados a la cárcel donde estaba el jesuita beato Francisco Pacheco, provincial de la Compañía. 
En la cárcel hallaron a los beatos mártires Mancio y Matías Araki, y las autoridades quisieron resquebrajar la fe del matrimonio Naisen, y les hicieron ver las torturas que infligieron a la beata Susana Cobioje, pero no consiguieron nada, entonces el gobernador desnudó a su mujer, y amenazó en violarla allí mismo si no apostataba, Juan tuvo un momento de debilidad y apostató. Vuelto a su casa Juan, hizo penitencia por su debilidad, y en 1626, el matrimonio volvió con sus tres hijos dispuestos a confersar su fe y dar su vida por Cristo. Fueron encarcelados en Ômura, donde pasaron tremendas penalidades. Fueron llevados a Nagasaki donde primero decapitaron a su mujer y después fue quemado vivo junto a su hijo Luis Naisen, que fue decapitado, al que animó en preservar en la fe y que pronto se verían en el paraíso.
Mónica Naisen era de familia noble. Era muy cristiana y estuvo de acuerdo con su marido en dar cobijo a los misioneros. Encarcelada y juzgada se negó a apostatar, a pesar de que tuvo que asistir a la tortura de sus dos hijas pequeñas, que luego le fueron quitadas, reteniendo junto a ella a su hijo Luis. Sufrió la tortura del agua regurgitada. Cuando llegaron al recinto del martirio y vio que su marido estaba atado al poste, ella se puso de rodillas y se dedicó a orar. Fue decapitada.
Luis Naisen era un niño de siete años, hijo de Juan y Mónica Naisen; a la hora de ir al lugar de la ejecución fue llevado en brazos por un soldado a causa de su debilidad. El soldado al llegar al recinto del martirio lo soltó y corrió abrazar a su madre que estaba orando. Como ella no respondió a su abrazo, el niño se quedó sorprendido y fue entonces cuando su padre le animó a perseverar en la fe. El niño miró espantado como decapitaban a su madre, y en ese momento fue decapitado.

Pedro Araki-Cobioje era un fervoroso cristiano, casado con Susana Cobioje, y en su casa de Coxinotzu, albergaban al hermano jesuita beato Gaspar Sadamatzu. Fueron descubierto y arrestados y encarcelados en la prisión de Ximabara. Se les presionó para que abjurasen de su fe, al no conseguirlo fue quemado vivo en Nagasaki, por haber dado hospitalidad a los misioneros. 
Susana Cobioje Araki estuvo de acuerdo con su marido en cobijar a los misioneros. Juntos fueron detenidos y llevados a la prisión de Ximabara. 
Las autoridades pensaron que si aislaban a la mujer era más fácil hacer que apostatase, pero ella se mantuvo firme en la fe; durante seis meses fue torturada: la desnudaron, la pasearon con una canga al cuello por las calles, la sostuvieran suspendida por sus cabellos, desnuda, en un árbol, y le ataron a sus pies a su hija de tres años, desnuda y muerta de frío, que lloró continuamente durante ocho horas; luego le hicieron el suplicio del agua regurgitada, y al final la tuvieron durante meses atada por el cuello a la pared. Le quitaron a su hija, pero ella se mantuvo firme en la fe, diciendo que daría mil veces la vida por ella. Murió decapitada en Nagasaki.
Susana Cubioje Araki era la esposa del beato Pedro Araki-Cobioje, con el que estuvo de acuerdo con cobijar a los misioneros. Juntos fueron detenidos y llevados a la prisión de Ximabara. Las autoridades pensaron que si aislaban a la mujer era más fácil hacer que apostatase, pero ella se mantuvo firme en la fe; durante seis meses fue torturada: la desnudaron, la pasearon con una canga al cuello por las calles, la sostuvieran suspendida por sus cabellos, desnuda, en un árbol, y le ataron a sus pies a su hija de tres años, desnuda y muerta de frío, que lloró continuamente durante ocho horas; luego le hicieron el suplicio del agua regurgitada, y al final la tuvieron durante meses atada por el cuello a la pared. Le quitaron a su hija, pero ella se mantuvo firme en la fe, diciendo que daría mil veces la vida por ella. Murió decapitada.

Juan Tanaka era un cristiano fervoroso, que había nacido en el seno de una familia cristiana, y desde joven se distinguió por su entusiasmo religioso. Los jesuitas lo prepararon como catequista. Se casó con beata Catalina Tanaca y ofreció su casa a los jesuitas para que pudieran alojarse en ella, entre los que hospedó fue a los beatos Baltasar de Torres y al hermano jesuita Miguel Tozó, y por ello fueron descubiertos y arrestados. 
Después de estar durante mucho tiempo prisionero en Ômura y que su fe no se quebrantase, fue quemado vivo en Nagasaki; cuando ya se había prendido fuego, las cuerdas que lo sostenían se soltaron, Juan sintiéndose libre, fue y dio un salto y dio un abrazo al cadaver de beato Mancio Araki, que iba a ser quemado, y besó las manos e hizo reverencias a los demás religiosos mártires, y luego, volvió a su poste y allí consumó su martirio. 
Catalina Tanaca era la esposa de Juan, participaba de sus mismos sentimientos religiosos y estuvo de acuerdo en acoger misioneros en su casa. Arrestada y encarcelada, se negó a apostatar y se mantuvo fiel a Cristo hasta que fue degollada. Todos ellos confesaron intrépidamente la fe de Jesucristo, y fueron beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867.