3 de abril de 2015

VIERNES SANTO - Pasión del Señor.


“No me bajo de la cruz, sino que me sitúo  y permanezco ante ella de un modo nuevo“ (Benedicto XVI, 27-2-2013). Y el Papa Francisco, en su primera homilía, recordó que ya podemos ser laicos, consagrados, sacerdotes, obispos, cardenales e incluso Papa, que si no seguimos a Cristo Crucificado, podremos ser lo anterior, pero auténticos y fecundos seguidores de Jesucristo. La cruz –nos dijo el Papa Francisco en la misa del inicio solemne de su pontificado- es la cumbre luminosa del servicio eclesial y del único amor que transforma la vida, las personas, la humanidad y la Iglesia.


El Triduo Pascual es un tríptico con tres tablas, centradas, unidas, abrazadas por la cruz gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo. La Última Cena y el sepulcro abierto y florecido son las otras dos tablas de este inefable e irrepetible tríptico de amor. “Cristo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, escribe el evangelista San Juan. “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos… Vosotros sois mis amigos”. El tríptico de la Pascua es el tríptico del amor, cuyo signo invencible es la cruz.
En la cruz, escribió Santo Tomás de Aquino, se nos dan “ejemplos de todas las virtudes: amor, paciencia, humildad, obediencia, desapego de las cosas materiales”. La cruz es la clave del evangelio, la llave de la puerta santa del cielo. La cruz es aceptación, inmolación, entrega, ofrenda. Es paz. Es respuesta de amor. Es sabiduría: “Porque para entrar en estas riquezas de la sabiduría de Dios- escribe fray Juan de la Cruz-, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear pasar por ella es cosa de pocos”.
Pero, con todo, la cruz cuesta y repele. La cruz, escándalo, necedad, burla e indecible suplicio para griegos, judíos y paganos, sigue siendo también para nosotros los cristianos un misterio. Un misterio iluminado. Pero, al fin y al cabo, un misterio...
  ...Miremos el palo vertical de la cruz, disparándose hacia el cielo. La cruz de Cristo nos recuerda que “hemos sido comprados, que hemos sido redimidos a precio no de oro o de plata corruptibles, sino en la sangre preciosa de Jesucristo”. La cruz de Jesucristo testimonia que “no hay remisión sin efusión de sangre”, “que hemos de tomar la cruz cada día”, que el árbol de la cruz es el único que da frutos de salvación.
  Es el palo horizontal de la cruz: “Los brazos en abrazo hacia la tierra”. “El dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos”, afirma Pablo. Ya nos lo dijo el mismo Señor de la Cruz y de la Gloria: “en esto conocerán que sois discípulos en que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. ¡Y ya sabemos cómo nos ha amado El, crucificado! La dimensión horizontal es tan ineludible en la vida cristiana como el palo horizontal lo es en la cruz. El verdadero cristiano es el que ha descubierto que el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, se encarna en los hombres y mujeres, especialmente en los más pobres y necesitados de todo, y como diría la Madre Teresa: de amor.
Los santos han sido a lo largo de los siglos los grandes amantes y los grandes descubridores de la cruz de Jesucristo. Y han sido, a su vez, los grandes defensores y promotores de la cruz de los necesitados. En el cristianismo no existen contraposición entre el amor a Dios y el servicio al prójimo. Es más, la prueba de nuestro amor a Dios, la certidumbre de nuestro amor a Jesucristo, es la caridad, es la acogida y el servicio a los hermanos... La cruz es amor. Es el Amor... SOLEMNIDAD.

 Jesús de las Heras Muela
Revista Ecclesia Digital