4 de enero de 2015

San ESTEBAN DE BOURG-EN-BRESSE. M. 1118.


(fr.: Etienne de Bourg).


Ruinas de la cartuja de Meyrat
Nació en Bourg-en-Bresse. Canónigo regular de San Rufo en Valenza en el Delfinado; vivió esta experiencia con mucho fervor, pero pronto se dio cuenta que quería encontrarse con Dios en la soledad absoluta. En compañía de otro canónigo de San Rugo, Esteban de Diè, y después de obtener el permiso de su abad, decidieron ir a Sèche-Fontaine en la diócesis de Langres, donde san Bruno, se había establecido con algunos amigos para comenzar una experiencia eremítica. Los dos canónigos aportaron al grupo de ascetas su experiencia y su profundo conocimiento litúrgico. 
Después de algún tiempo, como las condiciones del lugar, no eran las idóneas para la vida eremítica que quería san Bruno, fue necesario buscar otro lugar más en consonancia con las exigencias eremíticas que tenían. Los dos canónigos le propusieron a san Bruno ir a la diócesis de Grenoble, donde había un lugar perfecto para ello. Le propusieron también que hablara con el obispo de Grenoble, san Hugo, hombre de gran corazón y amante de los eremitas.
Como ya sabemos fueron los que en el desierto de Chartreuse, hicieron germinar la Orden cartuja. Esteban de Bourg, vivió durante más de 33 años en la soledad de la primera cartuja, llevando una existencia de penitencia, obediencia y caridad. En el 1116, en la diócesis de Lyon, Ponce de Balmay y sus dos hermanos, donaron territorios de su propiedad y el bosque circundante a los cartujos para que edificaran una nueva cartuja. Guigo, prior de la Gran Cartuja, eligió a Esteban, por su celo y su indiscutible virtud, y lo nombró prior de la nueva cartuja de Meyrat encargándole de organizar la comunidad y de construir los edificios. Acompañado de dos hermanos conversos: Bonfils y Jeoffrey, Esteban se dedicó a organizar el nuevo complejo monástico ayudado de prelados que contribuyeron con su dinero para la realización de las construcciones. Ayudaron el arzobispo de Lyon, el obispo de Ginebra de Belley y de Grenoble, y el abad de Cluny, san Pedro el Venerable, con los que mantuvo una estrecha amistad. En dos años la cartuja de Meyrat fue completada y Esteban pudo morir en paz. Muchos fueron los milagros, que siguieron después de su muerte, y a su protección se confió el complejo monástico de Meyrat.

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