29 de diciembre de 2014

Santo TOMÁS BECKET. (c.1120 – 1170).


Martirologio Romano: Santo Tomas Becket, obispo y mártir, que por defender la justicia y la Iglesia fue obligado a desterrarse de la sede Canterbury y de la misma Inglaterra, volviendo al cabo de seis años a su patria, donde padeció mucho hasta que fue asesinado en la catedral por los esbirros del rey Enrique II, emigrando a Cristo.


Nació en Londres y era hijo de un caballero normando. Fue enviado a estudiar Gramática en la abadía de Merton y Artes en Santa Genoveva de París. En 1139, volvió a su casa (muerta su madre) y vivió tres años (decepcionantes) como contable. A los 25 años, se hizo clérigo del arzobispo Teobaldo de Canterbury que le envió a Roma, Bolonia y a Auxerre a seguir un curso de Derecho canónico y civil hasta que, en el 1154, le nombró archidiácono de Canterbury. Pronto llegó a ser intimo amigo del rey Enrique II, que le nombró canciller de Inglaterra (1156). Gozó de los favores del rey por siete años, apoyando sus intereses. Le gustaba el boato y la vida brillante, sin renunciar a la generosidad con abundantes limosnas. Participó en la guerra contra Luis VII de Francia, distinguiéndose en el asedio de Toulouse. A la muerte de Teobaldo, que había intentado apartarlo de la carrera política, debido a la amistad Enrique II, le hizo nombrar arzobispo de Canterbury, pese a la oposición de Tomás, y fue ordenado sacerdote y obispo (1162). Como prelado, lo primero que hizo, fue celebrar solemnemente la festividad de la Santísima Trinidad.
Desde el instante en que subió a la sede episcopal, Tomás cambió su conducta, haciéndose más austero. Dejó el cargo de canciller y predijo que su amistad con el rey se convertiría en el odio más violento. El odio estaba motivado también por su resistencia a las reivindicaciones reales contra la Iglesia. Enrique II, estaba convencido que en virtud con la amistad que le unía al obispo de Canterbury, éste le daría "carta blanca" para intervenir en el nombramiento de obispos y en la jurisdicción penal de los delitos de los religiosos y apropiarse de la contribución que los fieles entregaban a la Iglesia, alcanzando de este modo, un poder que no tenía ningún soberano de su época; pero Tomás se opuso con todas sus fuerzas a semejante intromisión política en los asuntos eclesiásticos. En contra de lo que pudiera parecer, el obispo se encontró solo, porque los obispos ingleses en el sínodo de Westminster del 1163, contemporizaron con el rey. 
También el Papa, mal informado, le aconsejó que se sometiera al rey, que exigía, empero, una sumisión pública. En un nuevo sínodo celebrado en Clarendon, Tomás se negó a rubricar estos derechos, que limitaban las libertades esenciales de la Iglesia. También el papa Alejandro III se negó a confirmar la Constitución de Clarendon. Tomás, convocado por el sínodo de Northampton (1164), fue condenado por desobediencia al rey y sometido a vejaciones, incluida la amenaza de destitución. Animado a resistir por su confesor, Tomás prohibió a sus obispos (de diecisiete diócesis) participar en este proceso de su condena; y, disfrazado, huyó a Francia. Aquí se entrevistó con el Papa en Sens, poniendo en sus manos el cargo de metropolitano, por temor de que su elección no hubiera sido perfectamente libre (había sido impuesta por el rey, pero con el consenso de la mayoría) y de que su conducta no estuviera a la altura de la situación. El Papa lo confirmó en su cargo, enviándolo a la abadía cisterciense de Pontigny, para que en la pobreza y sencillez pudiera hacer la experiencia de convertirse en un verdadero "consolador de los pobres". 
El Pontífice, enredado con el cisma del antipapa Víctor IV, apoyado por Federico Barbarroja, tenía necesidad tanto del apoyo del rey de Francia como de Enrique de Inglaterra. Esto explica porqué, durante los seis años de exilio, Tomás en tres cartas (de 1165) intentara reanudar el diálogo con el rey, pero sin recibir respuesta. En 1166, Tomás promulgó en Vézelay varias excomuniones contra los colaboradores de Enrique II. La reacción del rey fue violenta, y Tomás tuvo que trasladarse al monasterio de las benedictinas de Sens; mientras, tentativas de mediación, por iniciativa del Papa en 1170, terminaron con la reconciliación. Esta resultó sólo parcial, porque Enrique II, con ocasión de la coronación de su hijo (Enrique el Joven), hecha ilegalmente por el arzobispo de York, le negó el beso de la paz. Tomó entonces la decisión de volver a su patria, desafiando la aversión del rey y conminando bulas de suspensión contra los prelados que se aprestaban a oponerle resistencia. Aunque el rey de Francia le aconsejó que permaneciese en este país, Tomás resolvió continuar por su camino, convencido de que defendía la causa de Dios contra César; previendo incluso su muerte.
El odio implacable del rey y de otros obispos había llegado a instigar a cuatro caballeros a asesinar a Tomás en su catedral. Rechazando defenderse y oponiéndose a la tentativa de los monjes que querían cerrar las puertas de la iglesia, prefirió dejarse matar, pronunciando estas palabras: "Estoy dispuesto a morir por el nombre de Jesús y por la defensa de la Iglesia". Herido, cayó junto a los altares de la Virgen y de San Benito, con las manos elevadas como en la plegaria litúrgica. Enrique II, objeto del interdicto personal del Papa, fue absuelto después de su arrepentimiento en 1172. Muerte tan heroica produjo la reconciliación del rey de Inglaterra con la Iglesia romana, con el rey de Francia, con la Iglesia de Canterbury y sus exiliados. Fue canonizado por el papa Alejandro III el 21 de febrero de 1173. MEMORIA FACULTATIVA.