11 de diciembre de 2014

San DÁMASO I. Papa (366-384). (c.305 - 384).


Martirologio Romano: San Dámaso I, papa de origen hispano, que en los difíciles tiempos en que vivió, reunió muchos sínodos para defender la fe de Nicea contra cismas y herejías, procuró que san Jerónimo tradujera al latín los libros sagrados y veneró piadosamente los sepulcros de los mártires, adornándolos con inscripciones.


Este diácono, hijo de un obispo de origen hispano, llamado Antonio, nació en Roma y sirvió en la iglesia de San Lorenzo mártir. Sucedió en la Sede de Pedro al papa san Liberio (366), a cuya fidelidad se mantuvo firme a pesar del exilio de Papa, y de las presiones del emperador y del antipapa san Félix II. Tuvo que oponerse a otro antipapa, Ursino, que se había establecido en la iglesia de Santa María in Trastévere. Los enfrentamientos entre los defensores de ambos papas, durante los cuales una iglesia se convirtió en teatro de luchas, con varios muertos, son el reflejo de esta situación violenta, por la cual, Dámaso no sólo fue denunciado y luego absuelto por el prefecto de la ciudad Juvencio, y por el propio emperador Valentiniano que desterró en el 367 a Ursino a Colonia, de donde más tarde le permitió volver a Milán, aunque prohibiéndole acercarse a Roma y su entorno. Los partidarios del antipapa, aliados de los arrianos no cejaron en sus luchas y de hacer la vida del papa Dámaso lo más difícil posible.
En el 378 sufrió de nuevo proceso por difamación (adulterio), por instigación de sus enemigos (Ursino y el renegado Isaac). En el 370, el emperador Valentiniano, para reprimir la conducta escandalosa de algunos eclesiásticos, quienes convencieron al pueblo para que testaran en favor de la Iglesia en perjuicio de sus herederos, envió la ley a Dámaso, que prohibió que el clero visitara las casas de los huérfanos y las viudas, o que recibieran presentes, legados o feudos de ellos.
En estos diez años difíciles de su pontificado "no sólo vence a los adversario sino que perdona a los vencidos"; además Dámaso, tuvo que hacer frente a las antiguas herejías que tenían en Roma a sus partidarios: arrianos, novacianos, donatistas africanos, luciferanos y apolinaristas; pero Dámaso defendió la fe nicena. Terminó con el cisma de Acacio. Convocó un concilio en Roma en el 386 en el que se condenó las herejías de los obispos milanenses Ursino y Valente; Apolinar fue anatemizado. Convocó el I Concilio de Constantinopla. Hizo volver a san Jerónimo a Roma, nombrándolo su secretario, y le comisionó la traducción de la Biblia en latín (“La Vulgata”). A él se le debe la sustitución del griego por el latín (salvo el “Kyrie”) en la liturgia. Reformó su casa y la hizo basílica, hoy San Lorenzo in Dámaso. Embelleció la ciudad. Hizo investigaciones históricas y organizó los archivos de la Iglesia. Hizo muchos cambios litúrgicos, y de costumbres dentro de la Iglesia, que algunos fueron corregidos con el tiempo y otros conservados, que no alargamos en el este texto, cuya función es mostrar la vida ejemplar e histórica de los santos.
En las relaciones con la autoridad política fue bastante diplomático, si bien defendió los derechos de la fe cristiana: como cuando, por los buenos oficios de san Ambrosio de Milán, logró obtener del emperador (con sede en Milán), que el altar de la victoria fuera quitado del aula del senado. No se le puede imputar que fuera fastuoso y mundano, como se lamentaba san Jerónimo condenado las costumbre mundanas de cierto clero romano (aunque le llama, "Doctor de la Iglesia Virgen") y como el historiador Amiano Marcelino le censuraba aludiendo que, llegado al cargo del papado, "gozaba en paz de una fortuna que le garantizaba la generosidad de las matronas" (fue apodado "confidente de las damas"). El dinero que Dámaso solicitó, sin duda a la nobleza romana, fue empleado para dar un culto a los mártires en sus basílicas.
Tampoco fueron fáciles las relaciones con la Iglesia de Oriente, por lo cual escribió a san Basilio “el Grande” para que pacificara aquella región, azotada por el cisma de Antioquía (causado por san Lucifer de Cagliari). El juicio de san Basilio sobre Dámaso, es inmerecido. En efecto, lo califica de "hombre altanero, orgulloso, elevado tan alto que es incapaz de escuchar a aquellos que desde la tierra le dicen la verdad". Esto contrasta con la carta que el mismo Basilio le había escrito: "Instruidnos, dirigidnos; admitimos lo que admitáis vos; rechazaremos lo que vos rechacéis. Sólo de vos guardaremos la paz y la unidad de la Iglesia". Y Dámaso respondió:  "Hacéis bien en dar a la Sede Apostólica la reverencia que le es debida. La primera ventaja es para vosotros. La Iglesia romana, en cuyo trono se sienta el apóstol Pedro, posee efectivamente ese primado de jurisdicción, aunque indigno, tengo yo ahora en mis manos". Celebró el decreto de Teodosio I “De fide Católica” (380) en la que declaraba la religión del Estado la doctrina de san Pedro a los romanos, de la que Dámaso era su cabeza suprema.
En efecto, se debe a este Papa diplomático, pero al mismo tiempo decidido, la fijación del nuevo criterio llamado "petrino" (en el sínodo de Roma del año 382) para establecer el orden de preeminencia dentro de la misma Iglesia: Roma, en primer lugar, por la existencia del sepulcro de los apóstoles Pedro y Pablo; Alejandría, en segundo lugar, porque esta sede fue fundada por san Marcos, por orden de Pedro; Antioquía, porque en esta ciudad actuaron los dos príncipes de los apóstoles. Se muestra asimismo defensor de los derechos de la Sede Apostólica en la carta “Ad Gallos episcopos”  (374) y en la respuesta negativa al asceta Prisciliano, condenado por un concilio de Zaragoza (380), que se había dirigido al Papa llamándolo con el título de "senior et primus" (anciano y primero). Su devoción a los mártires se refleja en que instauró su culto en las mismas galerías de sus cementerios, y escribió “Epigramas” en honor a ellos, que hace perpetua la memoria de este Pontífice. Reconocía que la lectura de las “Actas de los Mártires” era: "Vital ocupación que nutre el alma con más dulzura que la miel". MEMORIA FACULTATIVA.