24 de diciembre de 2014

Santos ANTEPASADOS DE JESUCRISTO. (Antiguo Testamento).


Martirologio Romano: Conmemoración de todos los santos antepasados de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán, hijo de Adán, es decir, los padres que agradaron a Dios y fueron hallados justos, los cuales murieron en la fe sin haber recibido las promesas, pero percibiéndolas y saludándolas, y de los que nació Cristo según la carne, que es Dios bendito sobre todas las cosas y por todos los siglos.

Aunque en la noticia breve del Martirologio se mencionan a Adán, a Abraham y a David, la celebración de hoy no debe individualizar a ninguno de ellos; de hecho, Abraham tiene su conmemoración (el 9 de octubre), y David la propia (el 29 de diciembre). De lo que trata la memoria de hoy, más que de nombres individuales es de la pertenencia de Jesús a una tradición concreta, a una humanidad que no existe de otro modo más que en la forma de pueblos particulares, con costumbres particulares. Jesús nació en el seno del pueblo judío, y eso -nos dice el Evangelio y lo refresca la conmemoración de hoy- no es fruto de una casualidad histórica, sino un hecho de Providencia: la humanidad de Jesús viene preparada desde los primeros padres de la humanidad, desde los primeros padres del pueblo elegido, desde los primeros representantes del reinado de Dios en israel.

Hoy las Iglesias orientales celebran de forma particular a:
Jacob. Nieto de Abrahám e hijo de Isaac, padre y creador de las 12 tribus de Israel. Su madre se llamaba Rebeca, y tuvo un hermano gemelo: Esaú. Según el Génesis, Jacob, fue un hombre casero. Su padre prefería a Esaú, que era el primogénito, y que era cazador. Rebeca en cambio prefería a Jacob, y es ella quien le sugirió la estratagema para lograr la primogenitura por un plato de lentejas (Gn 25, 29-34). Para evitar las iras de su hermano, tuvo que huir de Berseba hacia Jarán y en el camino, sintió sueño y soñó en su codicia y en las mentiras que había hecho, así que levantó un altar y prometió al Señor cambiar de vida, y entregar sus bienes como ofrenda a Dios (Gn 32, 8). 
Aquella noche, en Betel, Yahvé le presentó una escala donde le desveló el sentido de su peregrinar y le prometió la posesión de toda aquella tierra. Años más tarde estará de nuevo en marcha, huyendo de su suegro Labán, y llegó a Majanéjim, donde le salieron al encuentro los ángeles del Señor (Gn 32, 23-33), en los que vio que su vida no había cambiado nada. Tuvo dos mujeres: Lía y Raquel, y dinero; de nuevo se encontró consigo mismo, y con la realidad de Dios. Dios le entregó un nombre nuevo: Israel (El “fuerte contra Dios”) porque había luchado contra Él. Desde ese momento encontró la libertad. (Gn 33, 12-20).
Era ya anciano, padre de 12 hijos, cuando en Berseba, en otro sueño descubrió la presencia de Dios (Gn 46, 1-5). Debía partir a Egipto, a reunirse con su hijo José; y así descubrió al Dios protector, que siempre le guiará a él y a su pueblo al camino de la liberación. Murió en Egipto pero fue enterrado en Berseba. 

Raquel. Esposa de Jacob y madre de José y Benjamín. Los acontecimientos de su vida los encontramos en (Gén 29-35). Raquel se encontró con Jacob en un pozo, entre ellos surgió la pasión amorosa que terminó con un beso que Jacob le dio a Raquel (el único beso de un hombre a una mujer en toda la Sagrada Escritura, exceptuando el poema nupcial del Cantar de los Cantares). En el libro de Rut se la recuerda, junto con Lía, fundadora de la casa de Israel y como esposa rica y feliz. Mateo conecta el llanto de Raquel por sus hijos con la matanza de los inocentes. Su festividad no figura en los martirologios católicos, pero sí en el Sinaxario métrico ortodoxo