14 de noviembre de 2014

Santos NICOLÁS TAVELÍC, DEODATO ARIBERT, ESTEBAN DE CUNEO y PEDRO DE NARBONA. M. 1391.


Martirologio Romano: En Jerusalén, santos Nicolás Tavelíc, Deodato Aribert, Esteban de Cuneo y Pedro de Narbona, sacerdotes de la Orden de los Menores y mártires, que fueron quemados por predicar con coraje en la plaza pública la religión cristiana delante de los sarracenos, profesando con firmeza a Cristo Hijo de Dios


Nicolás Tavelic nació en la diócesis dálmata de Sebenica, en 1340, ingresó en los franciscanos y fue enviado como misionero a Bosnia, donde trabajó durante 20 años entre los cismáticos patarinos, junto con Deodato Aribert entre 1372 y 1384, participó en la misión franciscana de Bosnia para hacer frente a la expansión del bogomilismo, la antigua secta fundada por el pope Bogomil (s. XI), que se había difundido por Bulgaria y otras regiones de la península balcánica, donde perduró hasta la invasión turca de 1483. 

Deodato Aribert nació en una ciudad francesa que en los textos originales latinos de la mayor parte de los autores es llamada “Ruticinium”, identificada con la actual ciudad de Rodez, sede episcopal. Todavía joven se hizo Hermano Menor y fue ordenado sacerdote en la provincia franciscana de Aquitania.
Fue a Bosnia para responder al deseo del Vicario general y del papa Gregorio XI, en las mismas circunstancias en que fue Nicolás  Tavelíc. De este encuentro entre los dos santos nace una fraternal e íntima amistad, que los sostiene por doce largos años en medio de dificultades y fatigas comparables a las de los grandes misioneros de la Iglesia. Una relación pormenorizada, la “Sibenicensis” describe esta venturosa expedición apostólica de Bosnia junto con la relación de su martirio.
Hacia 1384 ambos se trasladaron a Palestina, donde encontraron otros dos cohermanos: Pedro de Narbona y Esteban de Cuneo, con quienes compartieron las actividades apostólicas y la palma del martirio.

Esteban de Cuneo nació en Cuneo en el Piamonte y se hizo franciscano en Génova, en la provincia religiosa de la Liguria. Durante ocho años trabajó activamente en Córcega, como miembro de la vicaría franciscana corsa. Podemos decir que de este modo hizo un buen noviciado apostólico. Pasó luego como misionero a Tierra Santa, donde selló con el martirio la predicación evangélica. 

Pedro de Narbona era de la provincia de los Hermanos Menores de Provenza, durante varios años se adhirió a la reforma surgida para una mejor observancia de la regla de san Francisco, reforma iniciada en 1368 en Umbría por el beato fray Paoluccio Trinci. En poco tiempo se difundió en la Umbría, las Marcas, tanto que en 1373 contaba con una decena de eremitorios. Era un movimiento de fervor que tendía a renovar la forma primitiva de la vida franciscana, especialmente en el ideal de la pobreza y en el ejercicio de la piedad. Que Pedro de Narbona haya llegado de Francia meridional a los eremitorios umbros, es indicio del fervor religioso de su espíritu y esto proyecta una luz singular sobre toda su vida precedente a su permanencia en Jerusalén.

En 1384, Nicolás, junto con Deodato y otros dos franciscanos, Pedro de Narbona y Esteban de Cuneo, marcharon a predicar a los musulmanes en Palestina. Allí vivieron en el convento del Monte Sión, “insignes por su vida, ejemplares para el pueblo y avezados en toda perfección”. Aconsejándose por dos Maestros en Teología de su convento, creyeron, basándose en su regla franciscna y siguiendo el ejemplo de los primeros mártires franciscanos del Norte de Africa (san Berardo de Corbio y compañeros), poder seguir la inspiración divina predicando abiertamente el evangelio a la población islámica. En 1391 presente el cadí de Jerusalén (Inad Eddin Abu Elfida Ismail), predicaron sobre la ley maometana y sobre la inmoralidad de las costumbres del mismo Mahoma. Repetidas las mismas cosas en presencia del padre guardián y del limosnero de Tierra Santa, convocados por el cadí e invitados a retractarse, bajo amenaza de muerte, se negaron a hacerlo. Maltratados y encarcelados, después de tres días de sevicias, en presencia del cadí y de otros jefes islámicos, tras rechazar de nuevo retractarse, fueron ajusticiados, descuartizados y arrojados a la hoguera. Sus restos fueron escondidos para que no pudieran ser recuperados por los cristianos. Fueron canonizados por el beato Pablo VI.