30 de agosto de 2015

San ERO DE ARMENTEIRA. M. 1176.


Su vida es una leyenda contada por el rey Alfonso X el Sabio en las “Cantigas de Santa María”. Se dice que nació en la comarca de Salnés, Galicia. En 1151 fundó la abadía cisterciense de Armenteira del que fue su primer abad durante 26 años, primero bajo la observancia benedictina y después del cister. Tuvo fama de taumaturgo. 
El abad don Ero era muy devoto de la Virgen Santa María y acostumbraba a pedirle en sus rezos que le mostrase el bien que el Paraíso tiene para aquellos que por su piedad y devoción, así como por su rectitud en la vida, son merecedores de él. Y dice la leyenda que acostumbraba a salir el piadoso y buen abad algunos días para solazarse un poco caminando por el bosque que había en el declive del monte Castrove, próximo al monasterio por él fundado. Ero entró un día en una huerta a la cual iba muchas veces, y en ella encontró una fuente de agua clara y murmurante que parecía ofrecerle un apacible reposo a la sombra de un frondoso árbol. Cerró los ojos beatíficamente el anciano abad, pues había recorrido ya muchos años después de ser elegido; y como es costumbre, rogó a Nuestra Señora: “¡Oh, Virgen! ¿Qué será el Paraíso? ¿Y no podría verlo antes de salir de aquí, yo que te lo he rogado?”. Entonces, en el árbol bajo cuyas ramas frondosas descansaba el santo Ero comenzó a cantar un pajarillo. Y el canto del pajarillo era de sonido tan agradable y armonioso, que el anciano monje se olvidó del tiempo que pasaba y se quedó allí sentado sobre la blanda hierba, al pie de la fuente que susurraba, escuchando embelesado aquel canto y aquella armonía. Y así pasó sin darse cuenta trescientos años, pareciéndole que no había estado sino muy poco tiempo.
Los monjes fueron a buscarle, y pensaron que había muerto. Después de levantarse el anciano abad, se encaminó hacia el monasterio; pero, al llegar, se encontró con un gran pórtico que nunca había visto, y dijo: “¡Ay, santa María me valga! ¡Éste no es mi monasterio!”. Con todo, entró en él y los monjes al verle sintieron gran pavor; y el prior le preguntó: “Amigo, ¿Quién sois vos? ¿Qué buscáis aquí?”. Cuando supieron lo que a don Ero le había acontecido, el abad y los monjes todos, exclamaron asombrados: “¡Nunca tan gran maravilla/ como Deus por este fez/ polo rogo de sa madre/ Virgen santa de gran prez!”. Nuestro santo murió en aquel instante.