19 de agosto de 2015

Beatas ELVIRA DE LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA TORRENTALLÉ PARAIRE y 8 compañeras. M.1936.



Martirologio Romano: En el lugar llamado El Saler, también en la región valenciana, beatas Elvira de la Natividad de Nuestra Señora Torrentallé Paraire y sus 8 compañeras, vírgenes del Instituto de las Hermanas Carmelitas de la Caridad y mártires, que en la prueba de la fe por Cristo, su Esposo, obtuvieron el fruto eterno


Sus nombres: María Calaf Miracle de Nuestra Señora de la Providencia, Francisca de Amezúa Ibaibarriaga de Santa Teresa de, María Desamparados Giner Sixta del Santísimo Sacramento, Teresa Chambó Palés de la Divina Pastora, Águeda Hernández Amorós de Nuestra Señora de las Virtudes, María Dolores Vidal Cervera de San Francisco Javier, María de las Nieves Crespo López de la Santísima Trinidad y Rosa Pedret Rull de Nuestra Señora del Buen Consejo
Elvira nació en Balsareny, Barcelona en 1883. A los 23 años ingresó en el noviciado de Vic (Barcelona). En 1908 fue destinada a la Casa-Asilo de Cullera, donde hizo la profesión perpetua y en 1925 fue destinada al Colegio del Sagrado Corazón de Valencia.
 En 1933 vuelve al su primer destino: Cullera pero en esta ocasión de Superiora de la Comunidad. En 1936, a pesar de las presiones de la familia para que marchara con ellos, no consintió dejar ni a las Hermanas ni a las niñas huérfanas. Murió en el Saler.
 El rasgo fundamental de su espiritualidad era una caridad sin límites. El amor a Dios manifestado en el amor a los hermanos. 
Eran religiosas Carmelitas de la Caridad (Vedrunas) de la comunidad de Cullera, en Valencia. La calidad evangélica de sus vidas, se puede sintetizar de este modo: Fuerte sentido comunitario, desde la respuesta de H. Pedret: «Yo iré donde vaya la madre» -por anciana la querían dejar- hasta la expresión de la superiora de la Misericordia, en el pretendido intento de liberación por su condición de catalana: «donde están la hijas debe estar la madre». La superiora alienta a sus hijas: «Hermanas nos llevan al Saler, cinco minutos y en el cielo». Y pidió ser la última en la ejecución, para poder animar a las demás. Muy lejos de lamentarse en medio de los sufrimientos, sentían mucha pena por los asilados que habían quedado huérfanos. Ellas, mujeres consagradas, llamadas a ser signo de la ternura de Dios, no podían olvidarlos. En el lugar de la ejecución la superiora entona «Cantemos al Amor de los amores», y es seguida por todas en el momento del martirio.