15 de mayo de 2015

Beata BERTA DE BINGEN. s. VIII.

Brillante, famosa. Blanca.

Era hija del duque Loreno, príncipe alemán de una región no precisada; fue destinada como esposa al príncipe pagano Robolao (o Roboldo), durante el reinado de Carlomagno, recibiendo una importante dote consistente en vastos territorios a lo largo de la región del Rin.
Como era cristiana practicante, buscó convertir a su marido sin conseguirlo, porque murió, todavía joven, combatiendo. Berta afrontó la viudez con coraje y se retiró con su hijo de tres años, Ruperto, en su propiedad de Bingen (Alemania), dedicándose con mucho celo a su educación cristiana. 
San Ruperto creció fiel a las enseñanzas de su madre y con el consejo del sacerdote Wigberto su tutor y director espiritual, estuvo dedicado a las prácticas devocionales y a las obras de beneficencia. Su madre lo asoció, cuando tenía 12 años, a la fundación de un monasterio en los parajes de Bingen y de un hospicio para pobres: las obras de misericordia hacía los más débiles continuó en una fructífera colaboración entre madre e hijo y se truncó con la prematura muerte de Ruperto con 19 años. Berta sintió un gran dolor, pero fue mitigado por el consuelo al ver la veneración del que fue objeto por la población. 
Después del luto, santa Berta vivió una vida de oración y penitencia, donando sus bienes y riquezas para el sustento de los monjes, que vivían en el monasterio donde había sido sepultado Ruperto. Sobrevivió a su hijo cerca de 25 años; fue sepultada junto a la tumba de su hijo que llegó a ser meta de peregrinaciones. Durante las invasiones normandas, sus tumbas fueron saqueadas, pero su culto siguió.