11 de mayo de 2015

San IGNACIO DE LACONI. (1701 - 1781).

De fuego, ardiente. Bravo, nacido hijo.   

Martirologio Romano: En Cagliari, en Cerdeña, san Ignacio de Láconi, religioso de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, quien por plazas y tabernas del puerto pedía incansablemente limosnas para socorrer las necesidades de los pobres

Francisco nació en Laconi (Cerdeña), en el seno de una familia humilde. Desde su niñez era extraordinariamente devoto de manera que solía esperar en oración delante de la iglesia antes del alba. No pudo estudiar y su salud no era muy buena. A los 18 años enfermó gravemente e hizo voto de entrar entre los Capuchinos si se curaba. Más tarde escapó a otro peligro mortal y por esto mantuvo su voto.
En 1721, cuando contaba 20 años marchó a Cagliari se presentó al convento de los capuchinos de Buoncammino, donde, rechazado en un principio por su débil constitución, finalmente fue recibido. Pronunció su profesión en 1722 como hermano converso, cambió su nombre por el de Ignacio. Al final del año de noviciado fue transferido al convento de Iglesias, donde tuvo el encargo de despensero y al mismo tiempo se le encargó el pedir la limosna en los campos de Sulcis. Después de haber transcurrido 15 años en diversos conventos, fue enviado de nuevo a Cagliari, al convento de Buoncammino, destinado primero al telar donde se confeccionaba el paño para los religiosos, luego limosnero en la ciudad desde 1741, oficio de gran importancia y responsabilidad. Dios le enriqueció con especiales dones sobrenaturales que le atrajeron el aprecio de todas las clases sociales.
Cagliari fue durante 40 años el campo de su maravilloso apostolado desarrollado con infinito amor, entre los pobres y los pescadores. Era venerado por todos por el esplendor de sus virtudes y por los muchos milagros por él realizados hasta el punto de llegar a ser llamado “el padre santo”. Pedía en los barrios populares, pedía y daba, pedía dinero para ayudar a los necesitados y daba consejos o unas buenas palabras o una corrección de virtud. Fue conocido por todos, amado y respetado. No sabía leer, pero amaba escuchar las lecturas del Evangelio, sobre todo la Pasión de Cristo; había recibido el don de profecía y de hacer milagros. 
Habiendo quedado ciego en 1779, pasó los últimos años de su vida en profunda oración hasta el día de su muerte, que tuvo lugar en Cagliari. Tenía 80 años. Su cuerpo se conserva en la iglesia de Buoncammino de Cagliari, muy venerado en toda Cerdeña. Fue canonizado por SS. Pío XII el 21 de octubre de 1951.