8 de mayo de 2015

Beata MARÍA CATALINA DE SAN AGUSTÍN. (1632 - 1668).

(Catalina Simón de Longprey. fr.: Marie-Catherine de Saint Agustin).

Martirologio Romano: En Quebec, del dominio de Canadá, beata María Catalina de san Agustín (Catalina Symon de Longprey), virgen, religiosa de las Hermanas Hospitalarias de la Misericordia de la Orden de San Agustín, que vivió hasta su muerte dedicada al cuidado de los enfermos, señalándose por el consuelo que les proporcionaba y la esperanza que les infundía.

Se llamaba Catherine Simón de Longprey. Nació en Saint-Sauveur-le-Vicomte, Normandía (Francia). Descendía de una familia noble. A los 11 años, en compromiso escrito y sellado con su propia sangre, hizo tres votos: tomar a la Virgen como Madre, no cometer nunca un pecado mortal y vivir en castidad perpetua.
Animada por san Juan Eudes, muy amigo de la familia, ingresó en la Orden de San Agustín de los Hospitalarios de la Misericordia. La rutina pasó por su vida sin rozarla siquiera. No había cumplido los 16 años, cuando se presentó voluntaria para ir al Canadá, pero tuvo la férrea oposición de su familia. En 1648, a los 16 años, hizo sus primeros votos. Al profesar tomó el nombre de María Catalina de San Agustín. En mayo de ese mismo año se cumplió su deseo de partir a Canadá.
Llegó a Québec el 19 de Agosto de 1648. En el trayecto contrajo la peste y sanó con la intercesión de la Virgen María. Aprendió las lenguas de los nativos de las tribus indias a los que asistían, y fue un modelo de sencillez y donación. Viendo sus muchos talentos, los superiores la nombraron administradora del monasterio y del hospital. Fue administradora del monasterio y del hospital, directora del centro sanitario, consejera de la superiora y maestra de novicias; casi siempre estaba enferma, pero no se quejaba; era tan acogedora, amable y de tan gran dulzura, que todos quedaban encantados. Afrontó los sufrimientos con plena fidelidad a la voluntad de Dios. Fue agraciada con dones místicos y favores del cielo que han sido subrayados por sus biógrafos. Y todo ello en medio de violentas tentaciones a las que fue sometida por el diablo. Murió de tuberculosis. Había consumado su vida siendo estrictamente fiel a este anhelo: «Que se haga tu voluntad» en un ejercicio permanente de caridad. Juan Pablo II la beatificó el 23 de abril de 1989.

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