1 de abril de 2015

Santa MARÍA EGIPCIACA. (354 - 421/2/31).


Martirologio Romano: En Palestina, santa María Egipcíaca, célebre pecadora de Alejandría, que por la intercesión de la Bienaventurada Virgen se convirtió a Dios en la Ciudad Santa, y llevó una vida penitente y solitaria a la otra orilla del Jordán.



Según parece, la biografía de santa María Egipciaca se basa en un corto relato, bastante verosímil, que forma parte de la «Vida de San Ciriaco». El santo varón se había retirado del mundo con sus seguidores y, según se dice, vivía en el desierto al otro lado del Jordán. Un día, dos de sus discípulos divisaron a un hombre escondido entre los arbustos y le siguieron hasta una cueva. El desconocido les gritó que no se acercasen, pues era mujer y estaba desnuda; a sus preguntas, respondió que se llamaba María, que era una gran pecadora y que había ido allí a expiar su vida de cantante y actriz. Los dos discípulos fueron a decir a san Ciriaco lo que había sucedido. Cuando volvieron a la cueva, encontraron a la mujer muerta en el suelo y la enterraron allí mismo. Este relato dio origen a una complicada leyenda muy popular en la Edad Media, que se halla representada en los ventanales de las catedrales de Bourges y de Auxerre. Podemos resumirla así:
Natural de Alejandría, fue durante 17 años, prostituta en su ciudad "no por intereses, ni por precio, ni dones que le diesen, sino sólo por gusto".
Un día, con 30 años, quiso ir a Jerusalén con unos peregrinos, no por devoción sino por curiosidad, pagó el pasaje con su cuerpo prostituyéndose con los marineros; una vez en la ciudad se dispuso a entrar con la muchedumbre en la iglesia del Santo Sepulcro, pero una fuerza sobrenatural la rechazó, mientras los demás entraban sin obstáculos; era el día de la exaltación de la Santa Cruz. Se arrepintió de una juventud hundida y prometió ante una imagen de María "dar mano a todas las cosas del siglo y entrar por la senda de salvación más estrecha", entonces pudo traspasar las puertas de la iglesia pero... de rodillas; escuchó una voz interior que le decía: "Vete al otro lado del Jordán, y allí encontrarás el descanso". Se dirigió al Jordán y con sólo tres panes, adquiridos con tres monedas que le dieron de limosna, se adentró en el desierto para vivir la penitencia en la soledad. Allí pasó el resto de sus días. Comía hierbas y frutas silvestres. Estaba ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Vivió sola, sin haber visto el rostro de un ser humano en más de 40 años hasta que la encontró el abad san Zósimo de Palestina, que fue quién le dio la comunión, enterró su cuerpo y se le atribuye el relato de su fantástica vida.