10 de abril de 2015

Santa MAGDALENA DE CANOSSA. (1774-1835).

(it.: Maddalena di Canossa).
De Magdala. Torre de Dios.

Martirologio Romano: En Verona, en el territorio de Venecia, santa Magdalena de Canossa, virgen, que espontáneamente renunció a todas las riquezas de su patrimonio para seguir a Cristo y fundó un instituto doble: el de las Hijas y el de los Hijos de la Caridad, para fomentar la instrucción cristiana de los niños.



Marquesa de Canossa. Natural de Verona Se llamaba Magdalena Gabriela. Hija de los marqueses de Canossa. Quedó huérfana de padre muy pronto, y el segundo matrimonio de su madre no fue feliz para ella, ya que la dejó en manos de una severa institutriz francesa. En su juventud estuvo gravemente enferma (1789) de una enfermedad misteriosa y una varicela. En el sufrimiento de la enfermedad y en el silencio de la convalecencia, sintió crecer dentro de ella la llamada de Dios y el deseo de entregarse a El. A los 17 años, entró en el convento de las carmelitas descalzas de Cornegliano, pero se salió dos veces, porque aquella no era su vocación, así que decidió volver a su casa.
Comprendió que la clausura no era su camino, y durante su enfermedad había reflexionado sobre el dolor de los hombres, sus necesidades y entonces sintió lo que llamó "el genio" de la caridad hacia el prójimo (fuese este enfermo, pobre, abandonado o huérfano). Su director espiritual, Luis Libera, la exhortó a ocuparse de los pobres de Verona, sin abandonar la casa paterna. A partir de 1795 se incorporó a un movimiento caritativo que se desarrollo en Verona a instancia de su obispo Juan Andrés Avogadro (un movimiento que contaría con sacerdotes y fundadores como san Carlos Steeb y Pedro Leonardi). Cuando tenía 33 años, buscando la perfección espiritual, entró en la Fraternidad Hospitalaria, dedicada a recoger dinero para asistir a los enfermos. Escribió, junto con Leonardi el reglamento.
Fundó la Compañía de la Inmaculada cuya asociación se proponía "ir vestidas según el propio estado, pero modestamente", e inscribió a sus amigas de la nobleza en otra Compañía llamada de los "tres soldi" porque esa era la cuota que debían entregar semanalmente para financiar las obras de caridad.
Magdalena, buscando una mayor perfección, se consagró a la educación de las niñas abandonadas. El contacto con los más pobres le hicieron concebir y fundar en Verona el Instituto de Hijas e Hijos de la Caridad (Canosianas) para el cuidado de los enfermos e instrucción de jóvenes. Así reunió  en 1799 a numerosas muchachas abandonadas en una residencia del barrio de San Zeno, el de peor reputación e irreligioso de la ciudad. Les enseñaban moral y un oficio según la mentalidad de la época. Tuvo conflictos con su familia que no querían que viviese en un barrio tan marginal, pero después de mucho tiempo consiguió convencerlos y compraron el ex convento de Santos José y Fidencio sito en el barrio, donde se trasladó con sus compañeras. Fue una mujer entregada a la vida espiritual, tuvo experiencias místicas. Tuvo como director espiritual de su obra a san Gaspar Bertoni. Cuando Napoleón pasó por Verona la confundió con un ángel por sus obras de caridad. Tuvo contacto epistolar con muchos santos y fundadores de la época, que siguieron el  mismo modelo de fundación como: Antonangelo y Marcantonio Cavanis, beato Antonio Rosmini, Leopoldina Naudet, Teodora Campostrini, beata Isabel Renzi, san Gaspar Bertoni y un largo etcétera. 
Después de repetidos intentos negativos con Don Antonio Rosmini y con Don Antonio Provolo, hacia el fin de su vida, Magdalena consiguió empezar también el Instituto masculino que proyectó ya desde 1799. En Venecia, el 23 de mayo de 1831, abrió el primer oratorio de los Hijos de la Caridad para la formación cristiana de los jóvenes y de los adultos, entregándolo al sacerdote veneciano Don Francesco Luzzo, ayudado por dos laicos de Bérgamo: Giuseppe Carsana y Benedetto Belloni.
Magdalena acabó su intensa y fecunda existencia terrena a la edad de 61 años. Murió en Verona el 10 de abril de 1835. Fue beatificada por SS Pío XII en 1941 y canonizada el 2 de octubre de 1988, en la Plaza de San Pedro, por SS. Juan Pablo II.