19 de abril de 2015

San LEÓN IX. Papa (1048 - 1054). (1002 - 1054).

Hombre audaz, valiente

Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, san León IX, papa, que primero fue obispo de Tulle durante veinticinco años, defendiendo enérgicamente a su grey, y una vez elegido para la sede romana, reunió varios sínodos para la reforma de la vida del clero y la extirpación de la simonía.


Se llamaba Bruno de Egisheim-Dagsburg y era natural de Alsacia. Nació en el seno de una noble familia, los condes de Dagsburg y Egisheim, emparentada con los emperadores alemanes. De muy niño frecuentó la escuela episcopal de Toul llamando la atención por su ingenio y bondad. La curación de una enfermedad le empujó al sacerdocio. Como sacerdote destacó por sus virtudes hasta el punto de ser conocido como "el buen Bruno"; trabajó con el obispo Hermann de Toul en la reforma de las costumbres, especialmente de los clérigos; fue nombrado capellán de su primo el emperador Conrado II. 
Muerto Hermann fue elegido por el pueblo, obispo de Toul (1048), aunque no tenía la edad canónica. Se entregó de lleno a la misión y no se amilanó ante ninguna dificultad. Fue, sobre todo, con el ejemplo de su propia vida, el arma con que más trabajó para atajar tanto mal como se había ido introduciendo en el clero. Fue intransigente con los abusos y, sobre todo, fue duro consigo mismo no permitiendo a sí ni a los suyos obra alguna que pudiera escandalizar. Eligió como norma vida aquel dicho: "Vencer el mal por medio del bien". Se dio cuenta de que el futuro de la Iglesia estaba en la reforma de las grandes ordenes religiosas y que una vez reformadas estas, no sería difícil reformar el resto. Reformó el monasterio de Moyen Moutier. Para ello desde el 1026 en el que fue consagrado obispo, hasta el 1048 que fue elevado al Pontificado, celebró varios sínodos y dictó leyes muy sabias y prudentes en esta línea.
Los papas Clemente II y Dámaso II apenas pudieron hacer nada con la reforma que quisieron introducir porque sus pontificados fueron efímeros. Los reyes en esta época tenían un influjo casi totalitario en la designación de los pontífices. Así Enrique III el Negro, convocó la Dieta de Worms y propuso a Bruno de Toul como candidato y sucesor de la silla de Pedro y fue gustosamente aceptado por todos. A pesar de su resistencia tuvo que aceptar porque vio que era la voluntad de Dios. Se llevó a Roma, como consejero espiritual, a Hildebrando, futuro san Gregorio VII. Muy activo y enérgico peregrinó por media Europa para corregir vigorosamente los peores abusos de los religiosos (simonía y concubinato de los clérigos), defendiendo la supremacía pontificia, impulsando la reforma de Cluny, sentando las bases de lo que será el derecho canónico, oponiéndose a las herejías. Comprendió que su autoridad pontificia estaba en su presencia física en aquellos lugares que había que reformar, por ello vivió muy poco tiempo en Roma, y su pontificado fue itinerante por toda Europa, convocando sínodos de reforma. Será el precursor de la reforma gregoriana de la autonomía de la Iglesia frente al Imperio, y en el hecho que sólo el obispo de Roma era el único que podía llamarse "apostólico" y no al origen de las iglesias como Constantinopla o Compostela. Con él se inició la polémica con el patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, que terminará con el Cisma de Oriente y, su desafortunada guerra defensiva contra los normandos (ya que nunca renunció a su episcopado de Toul, y se involucró en la política del Imperio) en el sur de Italia concluyó con su derrota y con su propio cautiverio en Benevento, aunque fue liberado, murió, al poco tiempo, delante del altar mayor de San Pedro. El papa Víctor III confirmó su culto en 1087.