15 de marzo de 2015

Beatos MONALDO DE ANCONA, ANTONIO DE MILÁN y FRANCISCO DE PETRIOLO. M. 1286.

Monaldo: El gobierno que protege.  
Antonio: Floreciente. El defensor, el enemigo de los burros.

el beato Antonio de Milán en el centro
Del martirio de estos franciscanos tenemos una relación bastante amplia y contemporánea de Carlino Grimaldi, guardián de Trebisonda. Fueron enviados como misioneros a Armenia, donde se prodigaron en convertir a los musulmanes de lugar. 
En la ciudad de Arzenga (que los geógrafos escriben de distinto modo: Arzingam, Artzinga, Artzinganis o Ertzinga), situada en Armenia junto al río Eufrates, es actualmente la ciudad de Ersindjan, estos franciscanos solían hablar a la muchedumbre, reunida en presencia del cadí, todos los viernes, día festivo para los musulmanes, testimoniando la divinidad de Cristo y mostrando los errores de Mahoma. Cuando el cadí se daba cuenta que algunos de los que escuchaban quedaba pensativo por sus palabras, ponía fin a las discusiones y los licenciaba. Pero los franciscanos volvían a predicar delante de él el viernes siguiente con nuevas argumentaciones y con renovado celo, tanto que se vio obligado a celebrar un pública disputa entre los religiosos y los más sabios entre los musulmanes: fue tanta la fuerza de sus argumentos, tanto el ardor y la fe, que no supieron revatirles y llenos de ira quisieron matarlos inmediatamente. El cadí, en aquella ocasión se opuso, y convocando el consejo de ancianos y faquires que le dijeron: “Que mueran porque insultan a nuestro profeta y su ley, y cada día se hacen más audaces”. 
El viernes de tercera semana de Cuaresma, mientras los misioneros predicaban, fueron arrestados y conducidos a la plaza pública de la ciudad. Un sarraceno que, movido por la compasión, trató de defenderlos, fue ejecutado al instante. Reunidos en la plaza, confesaron delante del tribunal su fe en Cristo. Los musulmanes se soliviantaron y con sus espadas los hirieron gravemente, mientras ellos, en su tormento, recomendaban su alma a Dios. Al final fueron decapitados. Mientras sus cuerpos eran abandonados en la plaza, las extremidades y la cabeza fueron colocadas en las puertas de la ciudad bajo la vigilancia de los soldados; después sus cuerpos fueron arrojados al campo, para que fueran devorados por las bestias. 
Un sacerdote armenio, con la ayuda de algunos cristianos, recogió los restos de las víctimas y les dio honrosa sepultura. Sobre su tumba un ciego recobró la vista. El domingo del Buen Pastor, el 28 de abril del mismo año, se trasladaron sus reliquias. La veneración de los armenios sobre estos mártires fue tanta que el patriarca los canonizó inscribiéndoles en el catálogo de los santos armenios e imponiendo el ayuno en la vigilia de su martirio. Para la Iglesia romana son sólo beatos.