25 de marzo de 2015

Beato PLÁCIDO RICCARDI. (1844-1915).

Tranquilo, manso, suave

Martirologio Romano: En Roma, junto a San Pablo, en la vía Ostiense, beato Plácido Riccardi, presbítero de la Orden de San Benito, el cual, a pesar de estar afectado por fiebres continuas, enfermedades y parálisis, abrazó incansablemente la observancia de la Regla y la oración.

Tomás Riccardi nació en Trevi, pequeña ciudad de Umbría. Su padre fabricaba aceite de oliva y tenía un comercio de especias; gozaba de una gran fortuna, que le permitió poner a su hijo en el convento para nobles de Trevi, donde estudió humanidades. 
En 1865, fue a Roma para estudiar Filosofía en el Angélico. Conoció y admiró a los dominicos y a los jesuitas, pero, poco atraído por el apostolado activo y menos aún por la agitación de la ciudad, se presentó a la abadía benedictina de San Pablo Extramuros donde ingresó en 1866 y tomó el hábito benedictino y el nombre de Plácido. Desde un principio, mostró una gran asiduidad a la oración. Tuvo, por el contrario gran repugnancia por la claridad de conciencia que contradecía completamente su independencia de carácter; sin embargo, lejos de obstinarse ante las instancias de su padre maestro, reflexionó, se humilló, y animosamente intentó practicar esta ascesis tan poco atractiva. Y fue fiel a esta práctica toda su vida. 
Volvió a estudiar la Filosofía y después, la Teología, a la que se entregó con amor. En 1868, Plácido Riccardi recibió de su abad la tonsura y las órdenes menores; fue ordenado diácono en 1870, tres días después de haber entrado el ejército piamontés en Roma. El no había cumplido su servicio militar, lo que le valió ser arrestado como desertor, y ser condenado a un año de prisión en Florencia. Puesto en libertad el mismo año, fue enviado al 57 regimiento de infantería en Livorno. Fue dado de baja en Pisa: el ejército italiano perdió un soldado, pero la abadía de San Pablo encontró con alegría a su monje, que fue ordenado sacerdote en 1871.
Don Plácido fue empleado, al principio, en la escuela de la abadía. Vigilar a infantes turbulentos era un suplicio para un hombre miope y amante de la paz y del silencio. El clima malsano de Roma acabó de quebrantar su frágil salud; tuvo crisis de paludismo, que, a pesar de algunos calmantes, nunca cesaron completamente.
Su abad, sin embargo, se preocupó en darle un oficio más adaptado a sus gustos: lo nombró ayudante del maestro de novicios, confesor de las monjas de Santa Cecilia en Roma, después, en 1864, lo envió como vicario abacial a las monjas de San Magno D´ Amelia. La comunidad, abusando de la debilidad de una anciana abadesa, se había relajado un poco. Don Plácido lo tomó muy a mal: no contento con multiplicar sus exhortaciones públicas y privadas, entró a los detalles de la observancia, suprimió las pláticas inútiles y las habladurías, y revisó con cuidado el horario del día. Bien pronto, las hermanas, mostraron un fervor digno de su excelente maestro.
La salud de Don Plácido decaía cada día más, y su abad le envió para que lo ayudara a un monje alemán, que se consideró también como el superior. Los campesinos de Sabine no tenían costumbres delicadas e intentaron desembarazarse del encumbrado personaje, colocando arriba de la puerta del santuario una viga que debía caerle sobre la cabeza cuando entrara; el atentado fracasó, pero la iglesia se vio abandonada por los fieles. Don Plácido se afligió sobre manera al ver aniquilada su obra, su salud sufrió por ello y su desarreglo intestinal se agravó, al punto de que le fue completamente imposible celebrar la misa.
El 17 de noviembre de 1912, cuando subía una escalera, un ataque de parálisis, acompañada de convulsiones, lo tiró por tierra y lo hizo rodar por los escalones de mármol. Su estado pareció tan grave, que se le administró inmediatamente la extremaunción; sin embargo, soportó la prueba y se le pudo conducir de nuevo a la abadía de San Pablo Extramuros.
Quedó paralítico del lado derecho; sus piernas se encogieron, después se arquearon, y no podía permanecer ni siquiera recostado sobre la espalda. Acabado físicamente, hizo de sus días una oración perpetua y no se quejaba jamás, ni reclamaba nada, atento solamente a no molestar o contrariar a aquellos que se ocupaban de él. Durante este penoso período, tuvo la alegría de ver con frecuencia a su lado al joven y fiel amigo san Alfredo Ildefonso Schuster, quien lo había dirigido por los caminos de la perfección monástica. Don Plácido mostró su confianza al discípulo escogiéndolo como confesor; Don Schuster obtuvo para su maestro el favor que podía agradarle más: san Pío X autorizó la celebración de una misa, cada semana, en la celda del enfermo. Don Plácido, murió dulcemente mientras Don Schuster velaba cerca de él. Fue beatificado el 15 de diciembre de 1954 por Pío XII.

Nota: Tanto esta biografía como otras, e incluso la noticia biográfica de "Acta Apostólica Sedis" mencionan como fecha de muerte el 14 o 15 de marzo (quizás a la noche, y de allí la vacilación); sin embargo el Martirologio actual, que siempre, cuando se conoce el dato, inscribe en la fecha de muerte, lo hace el 25 de marzo, que coincide, como puede verse, con el aniversario de su ordenación sacerdotal; quizás se trate de una confusión del Martirologio Romano que, aunque bastante cuidado, no está libre de esos pequeños errores.