16 de febrero de 2015

Beato JOSÉ ALLAMANO. (1851-1926).

El acrecentará. Añadido. Crecimiento


Martirologio Romano: En Turín, en Italia, beato José Allamano, presbítero, que, lleno de fervor, para propagar la fe cristiana fundó las congregaciones de hombres y de mujeres denominadas Misioneros y Misioneras de la Consolata.


Nació en Castelnuovo d'Asti (Italia) en el seno de una familia campesina. Sobrino de san José Cafasso. Después de estudiar en su pueblo las primeras letras pasó al oratorio de Valdocco, que bajo la dirección de san Juan Bosco era un semillero de santos, y aunque san Juan Bosco le propuso hacerse salesiano, no quiso porque no veía su camino, y de ahí pasó al seminario de Turín, donde sufrió mucho porque tenía una débil salud; pasó una grave enfermedad que le dejó secuelas para toda la vida y que le llevó, en un momento, casi a la muerte. 
Sacerdote diocesano en 1873; primero fue formador del seminario, luego fue destinado como coadjutor en Passerano, después director espiritual del seminario de Turín, ciudad en la que transcurriré toda su vida. En 1880 fue nombrado rector del seminario de la Madonna della Cosolata, santuario diocesano turinés a cuya sombra quedará en adelante su vida y su obra. El santuario cobró vida bajo su dirección, tanto material como espiritualmente. Fue un gran director de almas. Fue nombrado canónigo de la catedral turinesa; también fue superior religioso de las Hermanas de la Visitación y de las de San José de Turín. Promovió la causa de beatificación de su tío san José Cafasso. En 1882 se le nombró director del santuario de la Consolata, punto de referencia de la devoción mariana de los turineses y del convictorio anejo que había fundado su tío, y que hacía años había cerrado el obispo por prudencia; en esta labor se dedicó al clero joven, enseñándoles que el sacerdocio es esencialmente la salvación de las almas.
En 1901 fundó el Instituto de los Misioneros de la Consolata y, en 1910 las Misioneras de la Consolata, dedicados especialmente a las misiones, ya que “No habiendo podido yo mismo ser misionero, a causa de mi delicada salud, me he propuesto ayudar a todos aquellos que tengan esta vocación”. Se dedicó a una gran labor pastoral dedicado a la santificación y hacer el mayor bien posible. Decía: "No vivimos más que pocos días, que sean todos para el Señor"; “Os quiero primero santos y luego misioneros”. Enseñó que había que anteponer el amor a las reglas. Nunca dejó de ser sacerdote diocesano, aunque sus misioneros emitieron votos religiosos. San Pío X les confió a estos misioneros las misiones de Kenya. Murió en Turín de puro agotamiento. Fue beatificado por san Juan Pablo II el 7 de octubre de 1990.