20 de enero de 2015

Santos FRUCTUOSO, AUGURIO y EULOGIO. M. 259.


(Fructuoso de Tarragona, Fructidor, Fructor, Frutor, Frutoso). Fructífero. Que da fruto.
Augurio: Auscultación de las aves.
(Eulogio de Tarragona). Que habla bien.

Martirologio Romano: En Tarraco (hoy Tarragona), ciudad de la Hispania Citerior (hoy España), pasión de los santos mártires Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio, sus diáconos, los cuales, en tiempo de los emperadores Valeriano y Galieno, después de haber confesado su fe en presencia del procurador Emiliano, fueron llevados al anfiteatro y allí, en presencia de los fieles y con voz clara, el obispo oró por la paz de la Iglesia, consumando su martirio en medio del fuego, puestos de rodillas y en oración.


Parce ser, que Fructuoso era natural de Tarragona, y durante una peste se dedicó a ayudar a los enfermos, tanto celo puso que lo eligieron obispo de Tarragona, y los otros dos sus diáconos. Mártires en Tarragona, bajo Galieno y Valeriano, la orden la impartió el prefecto Emiliano. El Martiriologio  dice: “…que después de una admirable confesión de fe ante el procurador Emiliano, fueron conducidos a la cárcel y después al anfiteatro, donde el obispo, con voz clara ante los fieles le acompañaban oró por la Iglesia católica extendida pacíficamente de Oriente a Occidente”. 
En 257 aparecía un edicto por el cual los jefes de las iglesias se veían obligados a ofrecer sacrificios a las divinidades del Imperio. En los primeros días del año siguiente, la policía imperial arrestaba a Fructuoso en Tarragona y le encerraba en la cárcel con dos de sus diáconos, Eulogio y Augurio. Toda la "fraternidad" de los cristianos pasó por la prisión, presentándole sus donativos y rogándole que les tuviese presentes en su confesión. El obispo seguía predicando y catequizando, y, aunque encadenado, tuvo la alegría de bautizar a algunos catecúmenos, entre ellos a Rogaciano.  Siete días más tarde, los tres detenidos comparecían ante el tribunal.
San Fructuoso, obispo -Introducid al obispo Fructuoso y a sus diáconos- ordenó el gobernador Emiliano. -Aquí están- respondieron los oficiales. Y comenzó el interrogatorio. -¿Conoces las órdenes del emperador?- preguntó Emiliano. -No las conozco, pero soy cristiano- respondió el obispo. -Pues exigen que adores a los dioses. Yo adoro a un solo Dios, que ha hecho el cielo, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos. -¿No sabes que hay dioses? -No sé nada de eso. -Pues lo aprenderás. Fructuoso levantó los ojos al cielo y rezó silenciosamente. -¿Quién -repuso el gobernador- podrá ser obedecido, temido, honrado, si se rehúsa el culto a los dioses y la adoración a los emperadores?
Después, dirigiéndose hacia el diácono Augurio, añadió: No escuches lo que Fructuoso te dice. -También yo -replicó el diácono- adoró al Dios omnipotente. -Y a Fructuoso, ¿le adoráis, acaso?- preguntó Emiliano a Eulogio. -Yo no adoro a Fructuoso, sino al Dios que Fructuoso adora.
Entonces el gobernador, volviéndose de nuevo hacia el prelado, le preguntó: -¿Eres obispo? -Lo soy. -Lo fuiste -dijo Emiliano, levantándose y ordenando que los tres fuesen quemados vivos.
Los esbirros se apoderaron de ellos y los llevaron al anfiteatro, que era el lugar designado para el suplicio. El pueblo caminaba junto a ellos llorando. En el trayecto hubo un momento emocionante y de un sabor arcaico. Varios "hermanos" se acercaron a los reos ofreciendo una copa de vino. Fructuoso la rehusó diciendo: "Aún no es hora de romper el ayuno." Efectivamente, era miércoles, día de ayuno para los primeros cristianos, ayuno que duraba hasta las tres de la tarde. Pero, en realidad, con esta excusa iba unida la más noble modestia. El brebaje ofrecido por la "caridad fraterna" no era un vino puro, sino una bebida en que se mezclaban infusiones de plantas aromáticas, que daban al cuerpo un vigor momentáneo y le hacían menos sensible a los dolores. Tertuliano se reía de los mártires a quienes había que sostener con semejantes artificios. La altivez ibérica de Fructuoso no se avenía tampoco con esas cobardes mitigaciones. Tenía un sentido demasiado alto del honor cristiano, para permitir que le confundiesen con aquellos "mártires ambiguos" de que hablaba el vehemente africano. Imitando al Salvador, apartó los labios de la copa que debía adormecer su agonía, y prefirió beber hasta las heces el cáliz del martirio.
Habían llegado al anfiteatro; la hoguera ardía, y Fructuoso iba a subir a ella, cuando un lector, llamado Augustalis, se acercó para desatarle las sandalias. También ahora rehusó el mártir, prefiriendo descalzarse él mismo. Iba a consumar el sacrificio de su vida; estaba, como Moisés, junto a las llamas, y sólo descalzo podía subir a aquel altar. Ya avanza, cuando un cristiano llamado Félix se le acerca, le coge de la mano y le ruega que se acuerde de él. Entonces Fructuoso, extendiendo a lo lejos la mirada, dijo con voz poderosa: "Es preciso que tenga en mi pensamiento a la Iglesia Católica, derramada de Oriente hasta Occidente." Estas fueron sus últimas palabras. Inmediatamente, sin la menor señal de turbación, penetró en la hoguera. Sus diáconos le siguieron. 
Fueron condenados a la hoguera, los testigos lo describen: "Ya en la hoguera, al quemarse las cuerdas con que tenían atadas las manos, gozosos, conforme a la costumbre, se ponen de rodillas con los brazos en cruz; y seguros de la resurrección, representando así el triunfo del Señor, entregan su vida en medio de la oración". "Dos de nuestros hermanos, pertenecientes a la casa del prefecto -dicen las Actas-, vieron a los tres elegidos subir al cielo", y la hija del gobernador fue también testigo de la maravilla. Los fieles, cuando el fuego consumió los cuerpos, se precipitaron en el anfiteatro, rociaron los huesos con vino, en recuerdo de las libaciones que hacían los antiguos en la ceremonia de la cremación, y, habiendo cogido cada cual lo que pudo de las reliquias, se las llevaron a sus casas. Pero, comprendiendo luego que aquello era un celo mal entendido, encerraron las cenizas en un mismo sarcófago, "para que recibiesen juntos la corona los que juntos habían alcanzado la victoria".
Sus Actas son auténticas. El poeta de Calahorra, Prudencio, escribió su vida. Patrón de la diócesis de Tarragona. El Martirologio Romano en su edición de 2007, sitúa su Memoria el día 20 de enero, pero la festividad se celebra en Tarragona y el resto de Cataluña el 21 de enero. MEMORIA FACULTATIVA en España.