31 de octubre de 2014

Santa MARÍA DE LA PURÍSIMA DE LA CRUZ SALVAT ROMERO. (1926-1998).


Martirologio Romano: En Sevilla, España, beata María Purísima de la Cruz (Maria Isabel) Salvat Romero, religiosa profesa de la Compañía de la Cruz.

Nació en Madrid en el seno de una distinguida familia de alto nivel social. En 1944, cuando contaba 18 años, ingresó en la Compañía de la Cruz. Tomó el hábito en 1945, profesó temporalmente en 1947 e hizo los votos perpetuos en 1952. Culta y distinguida hablaba tres idiomas, francés, inglés e italiano y debido a su piedad, no extrañó a la familia su decisión de ser hermana de la Cruz.
Fiel seguidora de santa Ángela de la Cruz y observadora intachable de las reglas del Instituto, mantuvo intacto el carisma fundacional. Fue Madre general de la Compañía de la Cruz durante 22 años, pero antes fue superiora de las casas de Estepa y Villanueva del Río y Minas, Maestra de novicias y Consejera general.
Austera y pobre para sí misma - «De lo poco, poco», solía decir - hacía vivir a las hermanas el espíritu del Instituto en la fidelidad a las casas pequeñas y se entregó a todo los que la necesitaban, especialmente a las niñas de los internados. También los pobres y enfermos ocupaban un lugar privilegiado en su corazón. Así atendía con verdadero cariño a las ancianas enfermas de las “cuevas” de Villanueva del Río y Minas, siendo superiora de aquella casa. Iba a diario a las cuevas para lavar a las ancianas, hacerles la comida, lavarles la ropa, reservándose siempre los trabajos más duros.
Fue siempre y en todo una discípula fiel e ideal de la Fundadora santa Ángela de la Cruz. Constante en su vida era la cercanía de Dios al que se entregó sin restricciones. La humildad le permitió vivir silenciosa sin hacerse valer. Supo quedar siempre escondida como en un segundo plano, cumpliendo el “no ser” característico de sor Ángela.
Deseó estar siempre con el Señor, la presencia de Dios era viva en su persona y en cada momento o cosa que hacía. Cuando ya la enfermedad estaba para truncar la fortaleza del roble gigantesco de su fuerte naturaleza, aún tuvo ánimo para decirle al médico: “Dígame la verdad, pues llevo cincuenta años preparando el encuentro con el Señor, no sólo no lo temo, al contrario, lo deseo”. Murió llena de virtudes. Fue beatificada apenas 12 años más tarde, en 2010, por SS. Benedicto XVI.