9 de julio de 2015

Santa VERÓNICA GIULIANI. (1660-1727).


Martirologio Romano: En Città del Castello, de la Umbría, santa Verónica Giuliani, abadesa de la Orden de las Clarisas Capuchinas, quien, dotada de singulares carismas, participó corporal y espiritualmente de la pasión de Cristo, siendo por ello encerrada y vigilada durante cincuenta días, dando siempre pruebas de admirable paciencia y obediencia.

Nació en Mercatello sul Metauro, cerca de Urbino. Se llamaba Úrsula. Hija de un intendente general de hacienda, que a la muerte de la madre se trasladaron a Piacenza. Manifestó desde niña un fuerte carácter que ella misma dirá: “Yo tendía por naturaleza a la cólera y cualquier nimiedad me enfurecía de tal manera, que enseguida empezaba a patalear”. A los 17 años, vistió en Città di Castello el hábito capuchino (1677) y tuvo su primer éxtasis místico. Era el paraíso que había anhelado. Pero la realidad le llegó en seguida cuando, pensando que un secreto jamás se revelaba, “perdí la confianza con la superiora, con la maestra y con el confesor”. Su idealismo vino abajo y se dio cuenta que convivía con personas normales. Su vida fue una inmolación para mostrar así su amor a su Esposo. Sus altos dones de oración se intensifican al cumplir 33 años. En 1694 fue nombrada maestra de novicias y desde 1716 hasta su muerte fue abadesa del convento.
Sufrió en sí misma los estigmas de la Pasión. El obispo de la diócesis y la Inquisición, de acuerdo con la abadesa y con la ayuda de un jesuita y de tres médicos estudiaron el caso con desconfianza. Las heridas se renovaban después de curadas, y al no poder aclarar los hechos se impuso a la monja una especie de severísimo castigo a manera de prueba: recluida en su celda, sin oír misa, ni comulgar y tratada como una impostora; pero los fenómenos persistían y, sobre todo, mantenía una actitud serena, confiada y alegre, de absoluta obediencia y humildad. 
Se la obligó a escribir un "Diario" con todas sus experiencia, pero que no podía releer, ni corregir, así nacieron 44 volúmenes, que son una de las paginas más importantes de la mística italiana (hay que decir que aprendió a leer y escribir a partir de los 33 años). Fue abadesa, y gobernó el convento con un espíritu práctico, siempre atenta los detalles de la vida cotidiana, una sensatez y un buen humor que desconcertaban a los que creían que la unión íntima con Dios incapacitaba para vivir en este mundo.