31 de julio de 2015

Beatos PRUDENCIO DE LA CRUZ (Prudencio Gueréquiz y Guezuraga) y SEGUNDO DE SANTA TERESA (Segundo García y Cabezas). M. 1936.


Prudencio Gueréquiz Guezuraga (1883-1936) nació en Rigoitia (Vizcaya). Sintiendo la vocación trinitaria, fue aceptado en la comunidad de Algorta; allí realizó su noviciado, iniciado en 1898, emitiendo su profesión simple en 1899, y la solemne en La Rambla (Córdoba) en 1903. Enfermó siendo joven, y la enfermedad fue su compañera constante de por vida, sobrellevándola con alegría y aceptación de la voluntad divina; esta enfermedad (cuyo diagnóstico desconocemos) se manifestaba en forma de frecuentes y abundantes hemoptisis (hemorragia de origen pulmonar), que lo dejaban muy debilitado. Recibió la ordenación sacerdotal en Córdoba, en 1905.
En el convento de La Rambla se dedicó a la enseñanza de los niños. Durante tres años fue conventual de Madrid. Después fue enviado a Córdoba, como profesor de teología de los jóvenes coristas trinitarios, de donde pasó al Santuario de la Cabeza, su definitiva conventualidad.
Se señaló por su devoción a Jesús Sacramentado, pasando largas horas de oración ante el sagrario, incluso de noche, hasta tal punto que, cuando alguien le buscaba, era cosa corriente que los frailes respondieran: «Estará en el coro». Y es que pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia, en el coro, en el confesonario.
El 26 de julio de 1936, los milicianos conminaron a los religiosos a abandonar el Santuario hasta que se acabara la Guerra. El superior replicó: «No podemos abandonarlo si antes no se hace un inventario de todo lo que posee el Santuario, ya que es propiedad del Obispado». Se oyó oír por respuesta: «Esto ya no es del Obispado, esto es nuestro; y ahora mismo se cierra el Santuario y se depositan las llaves en el Ayuntamiento».
Sin embargo, el abandono del Santuario no tuvo lugar hasta el 28 de julio. Ese día se presentaron tres camiones cargados de escopeteros, que rodearon el Santuario, mandando llamar al superior. El jefe le preguntó: «¿Qué han pensado ustedes? ¿Están dispuestos a abandonar el Santuario y bajar a Andújar?». «Si ustedes se empeñan y nos obligan, lo dejamos». Al oír estas palabras, el jefe hizo una señal, y los escopeteros dejaron de apuntarle; según supo después, había dado orden de disparar si se negaba.
Antes de salir del Santuario, los frailes consumieron las especies eucarísticas, y pidieron permiso para despedirse de Jesús y de la Virgen de la Cabeza. Se rezó la estación y se cantó la Salve Regina... ¡sorprendente escena! Los mismos milicianos respondían, a coro, a los rezos y cantos de los religiosos.
Viniendo al martirio, quedan ya explicadas las circunstancias de la disolución de la comunidad trinitaria del Santuario de la Virgen de la Cabeza. Los milicianos, al disponerse a acompañar a los frailes hacia Andújar, les dijeron que se quitaran los hábitos y fueran vestidos de seglares. El único que se negó fue el Padre Prudencio, y de hecho bajó a Andújar con su hábito trinitario. Uno de los milicianos le insistió, diciéndole: «Póngase el traje de paisano, pues si lo ven así en el pueblo verá lo que le va a pasar». Él le contestó con tranquilidad: «No importa, si por eso nos matan, estamos muy conformes de morir como religiosos». Iba silencioso, rezando por lo bajo en el camión.
El P. Prudencio fue acogido, junto con el beato P. Segundo de Santa Teresa, en casa de un abogado de Andújar. No dejaba de rezar el rosario y el breviario. El 31 de julio un piquete de milicianos se presentó en la casa donde estaban alojados, procediendo a la detención, «con pretexto de que iban a prestar declaración». Eran las 11,30 de la mañana. Al pasar por la calle del Hoyo, a la altura de la fábrica de gaseosas, los milicianos gritaron al vecindario que se metieran en sus casas y cerraran puertas y ventanas. Sin mediar más palabras ni contemplaciones, a una orden del jefe los milicianos hicieron una descarga con las escopetas, disparando por la espalda a los dos religiosos y otros tres detenidos. «Cayeron muertos instantáneamente», afirma un testigo presencial, «permanecieron varias horas los cadáveres en el suelo, su sangre quedó en la calle mucho tiempo. Obligado, trasladé los cadáveres al Hospital Municipal, en un camión». Al cadáver del P. Prudencio le fueron encontrados un rosario y un breviario que llevaba en la mano en el momento del martirio.
Del Hospital Municipal, donde se simuló una práctica de autopsia, los cadáveres de ambos religiosos fueron colocados en una caja ordinaria y sin pintar, y fueron enterrados en una fosa común del cementerio municipal de Andújar. Diez años después de la muerte los restos mortales del los padres Prudencio y Segundo fueron sacados con los demás de la fosa, perdiéndose definitivamente sus trazas. 

Segundo García Cabezas  (1891-1936). Nació en Los Barrios de Nistoso (diócesis de Astorga y provincia de León). A temprana edad sintió la vocación religiosa, prefiriendo la Orden Trinitaria. Ingresó en el convento de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), donde vistió el hábito en 1906; la profesión simple la realizó en el mismo convento en 1907. Siendo notable por su inteligencia y aplicación en los estudios, los superiores lo enviaron al convento de San Carlino de las Cuatro Fuentes, en Roma. Cursó brillantemente la Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana entre 1907-1910, alcanzando el doctorado con la máxima calificación. Durante tres años estudió Teología en la misma Universidad, no pudiendo acabar por haber enfermado. En 1910 hizo su profesión solemne en San Carlino. Como queda dicho, una enfermedad hizo que tuviera que interrumpir sus estudios teológicos, cuando ya estaban en la recta final. Vuelto a España, recibió la ordenación sacerdotal en Madrid, en 1914.
Fue destinado a la fundación de Dalmacio-Vélez (Córdoba), primera casa de los trinitarios en Argentina, para ser profesor de primeras letras en la escuela de niños. El P. Segundo quedó como director de la escuela hasta 1919. En Argentina se prodigó con celo apostólico, no sólo en la enseñanza, sino también en la parroquia de Dalmacio- Vélez y en muchas poblaciones de la Pampa. En 1919 volvió a España, siendo nombrado profesor de Teología del convento de La Rambla (Córdoba), donde permaneció hasta 1922. Entre 1922 y 1923 fue vicario de la incipiente comunidad de Barcelona, dedicándose a la enseñanza en un colegio de primaria que abrieron los religiosos. Entre 1923 y 1928 fue profesor en el aspirantado de Algorta (Vizcaya). Profesor de filosofía en Villanueva del Arzobispo, entre 1928 y 1931, se destacó por su ferviente devoción hacia la Virgen de la Fuensanta, empujando con entusiasmo el proyecto de su coronación canónica, que no llegó a ejecutarse; tuvo en mente escribir y publicar una historia del Santuario, que finalmente no pudo llevar a cabo. En 1931 fue nombrado profesor de Filosofía para el Santuario de la Virgen de la Cabeza, donde quedó definitivamente como conventual.
El P. Segundo fue articulista asiduo de la revista «El Santo Trisagio». Sus colaboraciones rezuman profunda cultura filosófica y teológica, buen conocimiento de las circunstancias sociales. Se advierte en estos artículos una especial sensibilidad hacia los sufrimientos de los pobres. Fue buen músico, y se dedicó con maestría a la interpretación musical en el órgano del Real Santuario de la Cabeza. Fue, ante todo, un hombre sencillo, servicial como pocos. Fue buen predicador, y sus homilías marianas. A propósito de oratoria, tradujo del italiano al español un libro sobre el arte de la predicación para uso de los estudiantes trinitarios. Fue así mismo muy caritativo. 
Cuando los frailes fueron expulsados del Santuario, en las circunstancias que quedan descritas, al decir los milicianos que la República no admitía religiosos, el P. Segundo contestó: «¿Qué va a ser de esta sociedad, de un régimen que no admite religiosos? ¿No sabéis que los religiosos han sido los más grandes bienechores de la humanidad en todos sus ramos y los más amigos de los pobres y trabajadores?». En el domicilio particular en que fueron acogidos los padres beato Prudencio de la Cruz y Segundo, éstos no dejaron de rezar y prepararse a la muerte, que veían segura. A un conocido suyo, el P. Segundo le entregó una máquina fotográfica de su uso «para que, si le mataban, la conservase y entregase al convento». Cuando el día 31 de julio fue sacado del domicilio particular en que se encontraba alojado con el P. Prudencio, saludó con amabilidad a los milicianos, diciéndoles que estaba a su disposición; fumador empedernido, repartió un cigarrillo a cada uno de aquellos mismos que lo asesinarían breves instantes después. Cuando reconocieron su cadáver, además de dos cajetillas de tabaco, con la petaca y unas gafas, llevaba «un libro de piedad y un rosario».