7 de febrero de 2015

San GIL MARÍA DE SAN JOSÉ. (1729-1812).


(Francisco Antonio Pontillo. it.: Egidio Maria di San Giuseppe).


Sin tierra. Salida del puebloCabrero. El protegido. 


Martirologio Romano: En Nápoles, en la región de la Campania, san Gil María de San José (Francisco) Pontillo, religioso de la Orden de los Hermanos Menores, que por las calles de la ciudad a diario pedía con humildad limosna al pueblo, dando a cambio palabras de consuelo.

Nació en Tarento, en el seno de una familia muy humilde y se llamaba Franciso Antonio Pontillo. Fue, como sus padres, cordelero de profesión. Anhelando "pensar y trabajar sólo para el Señor", ingresó en 1754, en los franciscanos alcantarinos de la provincia franciscana de Lecce en el convento de Galatone (Lecce). En 1755 realizó su profesión religiosa y fue destinado como cocinero al convento de Squinzano (Lecce) donde permaneció hasta 1759.
Tras residir unos días en el convento de Capurso (Bari), fue destinado a Nápoles, al hospicio de San Pascual en Chiaia, donde pasó el resto de su vida como portero de su convento, limosnero y cocinero. Con solicitud franciscana y caridad activa, consagró todas sus energías al servicio de los pobres en Nápoles, que en aquellos difíciles años sufría escandalosas formas de pobreza, principalmente por las vicisitudes políticas.
Hizo de la entrega a los pobres la razón de su religiosidad. Su presencia era muy deseada junto al lecho de los enfermos y moribundos. Innumerables fueron los prodigios que le acompañaron, hasta el punto de merecerle, en vida, el apelativo popular de "consolador de Nápoles". 
"Amad a Dios; amad a Dios", solía repetir a cuantos encontraba en su diario peregrinar por las calles de la ciudad. Los nobles y doctos gustaban conversar con este franciscano de palabra sencilla e impregnada de fe. Los enfermos encontraban en él consuelo y fuerza para sobrellevar sus sufrimientos. Los pobres, los marginados y los explotados descubrían en el humilde limosnero el rostro misericordioso del amor de Dios.
Su vida fue, con todo, esencialmente contemplativa. Pasaba noches enteras en oración ante el santísimo Sacramento; sentía un gran amor a la Natividad del Redentor; y profesaba una tierna devoción a la Virgen María, y a los santos. Su "contemplación en la acción" fue justamente lo que le hizo ver el sufrimiento y la miseria de los hermanos y lo que le convirtió en llama de ternura y caridad. Con fama de santidad, murió en Nápoles. León XIII lo beatificó el día 5 de febrero de 1888, y Juan Pablo II lo canonizó el día 2 de junio de 1996.