14 de septiembre de 2014

LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ.


Martirologio Romano: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que al día siguiente de la dedicación de la basílica de la Resurrección, erigida sobre el Sepulcro de Cristo, es ensalzada y venerada como trofeo pascual de su victoria y signo que aparecerá en el cielo, anunciando a todos la segunda Venida.


El origen de esta fiesta está en Jerusalén y aparece relacionada con la invención de la cruz de Cristo. El primer testimonio de una reliquia de la cruz venerada en Jerusalén nos la ha transmitido san Cirilo de Jerusalén. Otros testimonios nos la ha dado la peregrina Egeria (s. IV) y ya en el siglo V tenemos noticias más precisas de que en la iglesia del Martyrium (la del Gólgota) se celebraba la festividad de su dedicación el 14 de septiembre.
En medio del desierto se levantó un estandarte con una serpiente, para quién había sido mordido por la serpiente la contemplara y se salvara de la muerte (Nm 21, 4-9). En medio de la humanidad se levanta la cruz de Jesús para que quién la contempla con el corazón contrito y adorante se salve (Jn 3, 13-17). Cristo, muerto en la cruz, es glorificado y es nuestro Señor y Guía (Flp 2, 6-11).
La cruz no se entiende nada más que como “locura de amor” (1Cor 1, 18), por eso en ella se revela la esencia de Dios que es amor (1Jn 4, 8,16). Ciertamente, ésta es la última palabra sobre Dios, pero precisamente por este carácter de ultimidad y definitividad ha debido de ser preparada, de lo contrario hubiera sido imposible comprenderla. En ella está la salvación, la vida y la resurrección. FIESTA.

San MATERNO DE COLONIA. M. c. 314/25/347.


Martirologio Romano: En Colonia Agripina, de Germania, san Materno, obispo, que convirtió a la fe de Cristo a gentes de Tongres, Colonia y Tréveris.

Es el primer obispo de Colonia sobre el que tenemos testimonios fiables: su nombre aparece en relación a la controversia donatista. Se dice que fundó tres diócesis: Colonia, Tréveris y Tongres-Lieja, aunque algunos autores creen que son tres obispos distintos.
El Materno de Colonia está históricamente documentado como participante en dos sínodos: el de Roma (313) contra los donatistas, y en el de Arles.
Los obispos cismáticos del África presentaron una petición al emperador Constantino en contra del obispo católico Ceciliano, para solicitar que su caso fuese juzgado por los obispos de las Galias, que no tenían ningún interés particular en el asunto. El emperador mandó llamar a tres obispos galos para que asistieran al proceso que se iba a realizar en Roma. Los tres prelados eran: san Reticio de Autun, Marino de Arles y Materno de Colonia. Terminado el juicio, en el año de 313, Ceciliano fue absuelto y reivindicado por unanimidad. 
Los donatistas pidieron la celebración de un nuevo proceso y el emperador ordenó que se convocara a un Concilio para tratar la cuestión. Esta asamblea tuvo lugar el año siguiente, en Arles y, otra vez, san Materno fue uno de los obispos participantes. Es posible que en algún período de su existencia haya sido obispo de Tréveris. 
Una leyenda medieval, defendida por san Pedro Canisio, identifica a este Materno con el hijo de la viuda de Naím y le hace discípulo de san Pedro. Patrón de Colonia, Tongres, Tréveris, Estrasburgo y Walcourt.

Santa ELIA FLACILA. M. 385. (Iglesia ortodoxa griega).



Primera mujer de Teodosio I el Grando. Como su marido, también ella era de origen hispánico. El matrimonio se celebró en el 376 y Elia Flacila tuvo tres hijos (Arcadio, Honorio y Pulqueria). Posiblemente por complicaciones en el último parto, murió prematuramente.
En su breve existencia fue inspiradora de moderación y de clemencia en la política de su marido, contribuyendo a la promoción de la fe cristiana sobre los cultos paganos todavía imperates. Era una ferviente defensora del símbolo niceno. Sozomeno cuenta que ella impidió una conferencia entre Teodosio y Eunomio de Cícico quien servía como cabeza visible de los anomeos, una secta separada de los arrianos. San Gregorio de Nisa la consideró un modelo brillante de virtud cristiana y ardiente caridad, mientras san Ambrosio de Milán, que bautizó a su marido, la definió como “Fidelis anima Deo”. 
Fue sepultada en Constantinopla, con la oración fúnebre oficiada por san Gregorio de Nisa en la que celebra su virtuosa vida, describiéndola como inspiradora del buen hacer de Teodosio; promotora de la justicia, icono de la beneficencia. Estuvo llena de celo por la fe, columna de la Iglesia y madre de los indigentes. 
Teodoreto exaltó su caridad y su benevolencia hacia los más pobres y necesitados, concretizando que no solo hizo donaciones con dinero sino que también realizó servicios hacia ellos. Hoy los Sinaxarios de la Iglesia Ortodoxa Griega la conmemoran como santa, mientras el “Acta Sanctorum” radactada por los Bolandistas de tradición latina se refiere a ella como “venerable”.

San PEDRO DE TARANTASIA. M. 1174.


Martirologio Romano: En el monasterio de Bellevaux, en la región de Besançon, en Francia, tránsito de san Pedro, obispo, que, siendo abad cisterciense, fue promovido a la sede de Tarantasia, rigiéndola con fervorosa diligencia y esforzado fomento de la concordia entre los pueblos.

Nació cerca de Vienne, en la provincia francesa del Delfinado. Desde joven, dio pruebas de una memoria extraordinaria y de gran inclinación a los estudios religiosos y, a los veinte años, entró en la abadía cisterciense de Bonnevaux. Con gran celo, abrazó la austeridad de la regla y edificó a cuantos le trataron, por su caridad, humildad y modestia. Al cabo de algún tiempo, su padre y sus dos hermanos ingresaron también en Bonnevaux, en tanto que su madre y su única hermana tomaron el hábito en un convento cisterciense de los alrededores. Además de esos miembros de la humilde familia de san Pedro, muchos nobles abrazaron también la vida religiosa en Bonnevaux, movidos por el ejemplo del santo. 
Todavía no cumplía éste los treinta años, cuando fue elegido abad del nuevo convento de Tamié, en las solitarias montañas de Tarentasia. Dicho convento quedaba sobre la principal ruta que unía entonces la Saboya con Ginebra, de suerte que los monjes podían prestar inapreciables servicios a los viajeros. Con la ayuda de Amadeo III, conde de Saboya, que le tenía en gran estima, el santo fundó un hospital para los enfermos y forasteros, en el que asistía personalmente a sus huéspedes.
En 1142, san Pedro fue elegido arzobispo de Tarentasia. San Bernardo de Claraval, con el capitulo general de su Orden, le obligó a aceptar el cargo, muy contra su voluntad. El nuevo arzobispo encontró su archidiócesis en un estado lamentable, debido principalmente a los excesos de su predecesor, que había sido depuesto. Las parroquias se hallaban en manos de los laicos, no se atendía a los pobres, y el clero, en vez de oponer un dique a la injusticia, la promovía más con su mal ejemplo. San Pedro sustituyó a los sacerdotes de la catedral, que eran indisciplinados y negligentes, por los canónigos regulares de San Agustín y el Capítulo empezó muy pronto a dar ejemplo de regularidad. San Pedro visitaba constantemente su diócesis, recuperó las propiedades confiscadas, destinó a los mejores sacerdotes a las parroquias, fundó instituciones para la educación de la juventud y el socorro de los pobres y promovió la celebración de los divinos oficios en todas las iglesias. El autor de su biografía, que le acompañó en todos sus viajes de aquella época, da testimonio de las numerosas curaciones que obró el santo y de las multiplicaciones de pan que realizó en los períodos de carestía.
Molesto al verse honrado por sus milagros y deseoso de volver a la soledad del monasterio, san Pedro empezó a pensar en el claustro; en 1155, después de trece años de gobierno de su diócesis, desapareció sin dejar huellas. En realidad se había retirado a una lejana abadía cisterciense de Suiza, donde los monjes no le conocían y le aceptaron como hermano lego. El pueblo de Tarentasia se afligió mucho al saber la noticia de la desaparición de su arzobispo y le buscó en los monasterios de las provincias vecinas, pero no logró descubrirle sino hasta un año más tarde. Cuando los superiores de san Pedro supieron quién era, le obligaron a volver a su sede, donde el pueblo le recibió jubilosamente. El santo desempeñó su oficio con mayor celo que nunca. Su primera preocupación eran los pobres; en dos ocasiones regaló su hábito, en lo más crudo del invierno, con riesgo de su vida. Reconstruyó el albergue del «Pequeño San Bernardo» y construyó otros albergues en los Alpes. También instituyó la costumbre, que se conservó hasta poco después de la Revolución Francesa, de distribuir gratuitamente pan y sopa en los meses anteriores a la cosecha, cuando la comida escaseaba en su abrupta diócesis. El pueblo bautizó esta costumbre con el nombre de «el pan de mayo».
San Pedro conservó siempre el hábito cisterciense y vivió con la austeridad de un monje; pero suplía el trabajo manual con el desempeño de las funciones espirituales de su oficio. Él, que era un hombre de paz, poseía un don singular para reconciliar a los más implacables enemigos, de suerte que en más de una ocasión logró evitar el derramamiento de sangre. Pero, sobre todo, consagró sus esfuerzos políticos a apoyar al legítimo papa, Alejandro III, contra el antipapa Víctor, al que sostenía, a su vez, Federico Barbarroja. En una época, el arzobispo de Tarentasia fue prácticamente el único súbdito del emperador que se atrevió a oponerse abiertamente al antipapa, pero pronto se le unió toda la Orden del Císter. En defensa de los derechos del papa legítimo, Pedro predicó en las provincias francesas de Alsacia, Lorena, Borgoña y en muchas regiones de Italia. A la elocuencia de su palabra, se añadía el prestigio de sus milagros. El santo habló también, valientemente, en varios sínodos y en la misma presencia del emperador. Este último admiraba tanto su santidad y su valor, que le permitió expresarse con una libertad que no habría soportado en ningún otro.
Dios no quiso que el santo muriese en su diócesis. Su fama de hábil pacificador movió a Alejandro III a enviarle para tratar de negociar la reconciliación entre Luis VII de Francia y Enrique II de Inglaterra. Aunque era ya bastante anciano, el santo partió al punto y predicó durante todo el viaje. Cerca de Chaumont de Vexin, donde se hallaba instalada la corte, se entrevistó con Luis VII y con el rebelde heredero al trono de Inglaterra, el príncipe Enrique. Este último descendió del caballo para recibir la bendición de san Pedro y pidió respetuosamente permiso de besar la vieja capa del arzobispo. El rey de Inglaterra, que le recibió en Chaumont y en Gisors, le prodigó toda clase de honores. Sin embargo, la paz no se hizo sino hasta después de la muerte del santo. Cuando volvía a su diócesis, san Pedro cayó enfermo cerca de Besançon, y murió cuando le transportaban a la abadía de Bellevaux. Su canonización tuvo lugar en 1191 por el papa Celestino III.

San ALBERTO DE JERUSALÉN. (c.1149 - 1214).


Martirologio Romano: En Tolemaida (San Juan de Acre), cerca de la actual Haifa, en Palestina, san Alberto, obispo, que, trasladado de la Iglesia de Vercelli a la de Jerusalén, dio una Regla a los eremitas del monte Carmelo y, mientras celebraba la fiesta de la Santa Cruz, fue asesinado por la espada de un malvado, a quien había reprendido

Nació en Castel Gualtieri, diócesis de Guastalla, o quizás Gualtirolo, en la diócesis de Reggio Emilia. Pertenecía a la familia de los condes de Sabbioneta o de los Avogardo, no se sabe a ciencia cierta. Muy joven huyó del mundo y se retiró a un valle solitario donde había un monasterio de canónigos regulares. En 1180, fue elegido prior del monasterio de Canónigos Regulares de Santa Cruz de Mortara (Pavía), en el que dejó huellas muy profundas, a pesar de que sólo lo dirigió durante cuatro años. Cuentan las crónicas que era el primero en la observancia fraterna.
En 1184, fue elegido obispo de Bobbio; y al año siguiente fue nombrado obispo de Vercelli, gobernó la iglesia durante veinte años con gran prudencia y sabiduría. Los Papas le encomendaron misiones muy delicadas entre reyes y príncipes de diversas naciones y en todas demostró sus enormes cualidades de gran diplomático y conciliador: fue mediador entre Clemente III y Federico Barbarroja, cuyo sucesor, Enrique VI, tomó bajo su protección los bienes eclesiásticos de Vercelli y le constituyó príncipe del Imperio. Por encargo de Inocencio III restableció en 1199 la paz entre Parma y Plasencia, como anteriormente lo había hecho en Vercelli para Milán y Pavía. En este mismo año dictó Estatutos para los Canónigos de Biella. Hacia 1200, decidió en un litigio entre el abad y el preboste de San Ambrosio de Milán. En 1201, se encontraba entre los consejeros para la Regla de los Humillados, transformados en Orden religiosa por Inocencio III. En este periodo de Vercelli tuvo especial importancia el sínodo diocesano celebrado en 1191, de gran valor en su parte disciplinar que ha continuado sirviendo de norma hasta los tiempos modernos.  
Al renunciar el cardenal Godofredo al patriarcado de Jerusalén, los canónigos regulares del Santo Sepulcro eligieron como sucesor a Alberto. Les apoyó en esta elección el mismo rey de Lusiñán, Amalrico II, y en el 1205, el papa Inocencio III, confirmaba este nombramiento. A principios de 1206, llegaba a Tierra Santa, pero al no poder habitar en Jerusalén, porque estaba ocupado por los sarracenos, fijó su morada en San Juan de Acre, a pesar de que esta ciudad ya tenía su propio obispo. Durante estos años de Patriarca, continuó gozando de la confianza del papa Inocencio III, quien le encomendó muy delicadas misiones y de todas ellas salió airoso este hábil diplomático: fue mediador de paz entre el rey de Chipre y el de Jerusalén, entre el rey de Armenia y el conde de Trípoli, entre éste y los Templarios, entre el rey de Chipre y su condestable. En el terreno eclesiástico, se opuso al arcediano de Antioquía, al que sustituyó por otro; se enfrentó con el conde de Trípoli que tenía prisionero al patriarca de Antioquía; depuso al patriarca griego intruso e hizo elegir a un nuevo patriarca latino; anuló la elección inválida del arzobispo de Nicosia e hizo elegir a otro; negoció con el sultán de Egipto un intercambio de prisioneros y envió legados al sultán de Damasco para lograr la paz en Tierra Santa. 
Hacia el año 1208-1209, escribió la “Norma de vida” (regla) carmelita, dirigida al prior del Monte Carmelo, al que llama B., sin más precisión (después interpretado por san Brocardo) llamada por ello “Regla de San Alberto”. Los carmelitas lo veneran como uno de sus fundadores y su legislador. Mientras presidía en Accon (San Juan de Acre), una procesión, fue apuñalado por el maestro del hospital del Espíritu Santo, al que había reprendido por su mala conducta y depuesto de su cargo. 

San JUAN GABRIEL TAURINO DUFRESSE. (1750-1815).


Martirologio Romano: En la ciudad de Chengtu, de la provincia de Sichuan, en China, san Juan Gabriel Taurino Dufresse, obispo y mártir, degollado cruelmente después de una plena dedicación a la actividad ministerial durante cuarenta años.

Nació en Ville-de-Lezoux en la diócesis de Clermont. Después de estudiar en el colegio Luis el Grande pasó al seminario de San Sulpicio; siendo diácono ingresó en el seminario de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París en 1774, y fue ordenado presbítero. En 1777 fue enviado a China; llegó a Cantón donde estudió la lengua china, y entró en clandestinamente, oculto en la bodega de un barco y disfrazado de chino; llegó a Seu-Tchuen, después de navegar por el río Pekiang a la provincia que se le había designado como misionero. 
Perfeccionó su conocimiento del idioma y visitó los trece poblados que se le habían asignado en su distrito hasta que fue apresado y llevado a Pekín, pero fue absuelto y liberado, con lo que volvió a su punto de origen. En 1784 se desató una nueva persecución, y de nuevo fue detenido, pero consiguió evadirse. De forma novelesca esquivó a los guardianes ocultándose en una cueva, en un hoyo y en otros sitios similares hasta que, estando refugiado en casa de unos cristianos, le llegó una carta de sus superiores diciéndole que se entregase. Obedeció y fue enviado a Pekín. Tras seis meses de cárcel fue expulsado y enviado a Europa.
En 1789, regresó a China y pasó al distrito de Tchong-King, donde desarrolló su misión y logró una comunidad cristiana floreciente. En 1793 había conseguido casi doblar el número de bautismos de adultos y de catecúmenos. Este éxito le llevó a que se le nombrara Vicario Apostólico y en 1800, fue ordenado obispo titular de Tabraca. Tenía 400 comunidades cristianas que se agrupaban por distritos, siendo unos 50.000 en total los cristianos de su vicariato. Había logrado, junto con los misioneros, establecer una cadena de colegios para niños y niñas. Estaba estableciendo, además, un incipiente seminario de vocaciones nativas. Había logrado ordenar 24 sacerdotes nativos. Celebró un sínodo diocesano, convencido de la necesidad de disciplina y el buen orden para el progreso de la iglesia local. 
Después de 15 años de peligrosa evangelización fue traicionado por un indígena apóstata, y durante meses estuvo huyendo hasta que fue capturado y llevado a Tcheng-Tou, el virrey lo condenó a muerte. Se acercó al martirio con fortaleza y alegría presenciado por 30 de sus cristianos, a los que bendijo; fue decapitado.   

OTROS SANTOS DEL DÍA:



San Cipriano de Cartago. (c.200 - 258).
Martirologio Romano: En Cartago, de la África romana, pasión de san Cipriano, obispo muy esclarecido en santidad y doctrina, que gobernó sabiamente la Iglesia en tiempos difíciles, consolidando la fe de los cristianos en medio de tribulaciones, e imperando Galieno, después de sufrir un penoso exilio, consumó su fe en el martirio, decapitado por orden del procónsul, ante gran concurrencia de pueblo. Su memoria se celebra también el16 de septiembre. (Ver) 16 de Septiembre. 

San Crescencio de Roma. M. c. 300. 
Mártir en Roma, durante la persecución de Diocleciano. Fue degollado en la vía Salaria, otras tradiciones le hacen mártir en Perugia junto a su familia. Tenía 11 años, y fue bautizado en Perugia junto con su padre -san Eutimio- y su madre, por el presbítero san Epigmenio. Durante la persecución de Diocleciano la familia se marchó a Perugia, donde murió su padre. Con su corta edad fue llevado a Roma donde confesó valerosamente a Cristo bajo la tortura. Mientras iba conducido al martirio curó a un ciego que se lo imploraba. 
Sus restos fueron enterrados en Siena años después y algunas de sus reliquias fueron llevadas a Tortosa en Tarragona (España). Su sepultura fue honradísima en la Edad Media. Patrón de Siena. 

Santa Notburga de Rattenberg. (c.1265 - c.1313).  
Martirologio Romano: En la localidad de Eben, en el Tirol, santa Notburga, virgen, cuya dedicación a las labores domésticas y al servicio de Cristo en los pobres fue ejemplo de santidad para sus compatriotas.
Natural del Tirol de Rattenberg, hija de labriegos sin fortuna, se la contrató como cocinera en el castillo de un gran señor local, el conde Enrique de Rottenburg, que le permitió ejercer la caridad con los pobres, repartiéndoles comida y vestidos, pero sus yernos no lo veían con buenos ojos, tuvo problemas con sus amos por exceso de generosidad y fue despedida por dar a los pobres la comida destinada a los cerdos. 
Luego trabajó en casa de un granjero de Eben, que le prohibía rezar el Ángelus, pero milagrosamente conseguía hacer todos sus trabajos. Después volvió a su antiguo trabajo de Rottenburg, después de que la pidieran perdón sus antiguos amos. Murió en paz. Sus restos son muy venerados en la región y descansan en la capilla de Eben. En 1862, el Papa Pío IX confirmó su culto local como patrona de los pobres campesinos y siervos asalariados. 

Claudio Laplace. Beato. (1725-1794).
Martirologio Romano: En el mar, frente a la costa gala de Rochefort, beato Claudio Laplace, presbítero y mártir, que, debido a su sacerdocio, murió por inanición y contagio, encarcelado en una nave de transporte anclada en el mar, en tiempo de la Revolución Francesa.
Nació en Bourbon-Lancy (Saône-et-Loire). Una vez ordenado sacerdote, fue vicario en Saint-Bonnet (L'Allier) en 1751, pasando siete años más tarde a párroco de esta iglesia, que tenía la parroquia aneja de San Juan de Moulins. En 1767 él fue nombrado vicegerente de la oficialidad de Moulins, además era vice director del tribunal del obispado. 
Cuando en enero de 1791 se pide el juramento constitucional a los sacerdotes, Laplace se negó y hubo de dejar la parroquia. Pasó seguidamente mucha necesidad económica. Pidió un pasaporte para salir del reino pero como llegó a Pont-de-Beauvoisin luego de que las tropas francesas entraran en Saboya, debió volver a Moulins, donde una docena de ciudadanos lo denunció.
En octubre fue arrestado y llevado a la prisión de Santa Clara. Pese a su edad, lo obligaron a partir con los deportados, dejando Moulins en noviembre de aquel año. Luego de un mes de detención en Saintes, llegó en abril a Rochefort, y fue embarcado en “Les Deux Associés”. Había cumplido con gran celo sus deberes ministeriales su tiempo de párroco y tenía gran crédito como director de almas. Murió el 14 de septiembre de 1794. Fue beatificado el 1 de octubre de 1995 por el papa Juan Pablo II.